jueves, 3 de noviembre de 2016

La memoria de los peces

Lo tengo todo preparado: la sal sobre la mesa, las copas de vino casi llenas y música para vestir las paredes blancas. Ellos llegarán en unos minutos, pero yo ya puedo oír la algarabía que transformará la casa, dibujando infinitas conversaciones que se quedarán grabadas para siempre en el aire que respiro.

María tenía que trabajar hoy, no llegará a tiempo, pero ayer se encargó de prepararlo todo para que ahora yo sólo tenga que ocuparme de pequeños detalles. A menudo noto su mirada fija en mí. Sé lo que se pregunta: "¿Cuánto tiempo queda? ¿Cuál será el instante preciso en que comenzará a olvidar que compartimos sofá, llaves y sangre?" Y esa es mi tristeza, el ver cómo el miedo va conquistando día a día sus ojos. Su temor me apena más que el sentir la certeza de que mordisco a mordisco iré perdiendo pedazos de mi ser para finalmente convertirme en alguien que no conozco, que ni ella ni el resto de mi familia reconocerán. Siento lástima por esa intrusa abandonada a sus soledades en un planeta hostil en la que sin duda me convertiré, pero siento más dolor por ellos, porque lo quieran o no, poco a poco seré sólo una inquilina desconocida, disfrazada de alguien que ya no es.

Pero hoy, antes de que llegue la hora de verlos de nuevo, de reír y de procesar nuevos recuerdos, he puesto en hora el reloj que nunca hasta ahora llegué a ponerme, decidida a apurar cada minuto con un ansia, rabiosamente feliz de poder disfrutar aún del tacto de la harina, del olor de mis lapiceros y del áspero sabor de los melocotones amargos.

Photo source: https://www.flickr.com/photos/kathyroom17/8538606128

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