jueves, 27 de octubre de 2016

Horas de sol

El viaje no importaba, tan sólo buscaba un destino en el que no tener que esconder mis manos. Me había cansado de jugar a entender, a leer entre líneas y a aceptar que todas mis suposiciones eran ciertas. Estaba harta de calcular alturas y pesos, de potenciar equívocos y de plantar semillas en lugares sombríos en los que sabía de antemano que nada florecería.

La isla me gustó desde el principio. Tengo la poco práctica costumbre de confiar en mi intuición, en esas primeras sensaciones tan absurdas de puro inciertas que me incitan a darme el gusto de olvidarme de datos y estadísticas. Compré un billete sin retorno a pesar de que sólo había visto una foto en Google, filtrada y deformada. Aquel pequeño pueblo que crecía en torno al puerto me hubiese parecido una prisión en otro momento de mi vida, pero en aquel instante en el que no sentía más peso que el de mis maletas, era con toda seguridad la mejor de las opciones a las que podía optar. Conseguí alquilar una casa sin grandes problemas y a las dos semanas ya conocía todos los atajos que conducían a los acantilados y los habitantes del pueblo eran capaces de pronunciar una variante de mi nombre, cercana al sonido al que mi vida anterior me tenía acostumbrada.

Sólo erré en un cálculo: el sol del que huía también habitaba allí, más escaso y difuminado, pero constante e irritante cuando decidía enredarse en las cortinas o atravesar las ramas de los árboles del jardín. Fue precisamente ese sol el que se empeñó en acercarlo a mí, facciones que posiblemente hubiese ignorado o no reconocido en cualquier otro lugar, se llenaron de sentido iluminadas por las escasas horas de sol que los días persistían en conservar a pesar de todas las predicciones en contra.

No hay epílogo, ni justificaciones: ahora simplemente vivo aquí.


Photo source: https://www.flickr.com/photos/91441888@N06/8298477139

No hay comentarios:

Publicar un comentario