jueves, 29 de septiembre de 2016

Átomos errantes

No soy capaz de acordarme de la fecha exacta del accidente en el que fallecieron mis padres, aún estaba medicado y los números resbalaban y no se fijaban en mi cabeza como hacen ahora. Sí recuerdo que pasé la noche bajando todos los muebles de casa a la calle. Alguien debía necesitarlos más que yo, porque fueron desapareciendo a medida que los depositaba en la esquina. Cuando conseguí desarmar el enorme mueble del salón y lo bajé convertido en tablones, ya no quedaba ninguno, ni en la calle ni en mi casa.

Al día siguiente compré lejía y pintura blanca en la tienda de la esquina y pedí prestado un mazo al vecino. Cuando llegó la trabajadora social, ya había conseguido derribar los tabiques de las habitaciones y la cocina, y me había deshecho de los escombros. "No parece la misma casa" comentó. "¿Estás seguro de que estarás bien aquí, viviendo tú solo?" Mi respuesta debió convencerla de que sería así porque nunca más volvió. Esa misma tarde también vino a visitarme el sacerdote de la parroquia que solía frecuentar mi madre. Él me habló de Dios y su consuelo, y yo le hablé de la generosidad de los átomos ciegos, que dejan durante años de errar por el espacio e inexplicablemente se esfuerzan por permanecer unidos para formar y mantener nuestra existencia. No sé si me entendió, pero él tampoco volvió.

Dos días después, mientra pintaba, Malmo apareció. Se sentó en la silla y se quedó mirando como, una a una, las paredes cambiaban de color. Desde entonces vive conmigo. Después, poco a poco, fueron llegando los demás.

Ahora vivo en una casa blanca, con una mesa, una cama y una silla también blancas, llena de gente sin átomos, gente que nunca desaparece. Me siento en la única silla de la casa y me conecto a internet. Malmo a mi lado, Sue Heck en mi corazón.

Photo source: https://www.flickr.com/photos/joerglange/16680244401

No hay comentarios:

Publicar un comentario