lunes, 27 de junio de 2011

Juego de espejos

La conferencia había tenido lugar en el salón de actos de la Fundación. El ponente, un anciano francés superviviente del campo de concentración de Mauthausen, había emocionado al público con sus palabras, tranquilas y sosegadas a pesar de la intensidad de lo que relataba. Resultaba sorprendente en su discurso su creencia ciega en la humanidad, su firme convicción en la bondad del ser humano por encima de sus propias experiencias, tan duras que resultaban casi increíbles de imaginar.
Mi trabajo había resultado sencillo y gratificante: normalmente la interpretación requiere tanta concentración que no permite al traductor disfrutar de la propia conferencia, pero en este caso el orador me lo había puesto muy fácil. Yo aún estaba en la cabina recogiendo mis cosas, cuando él se acercó para darme las gracias, algo nada habitual en mi trabajo.

- Tiene usted una voz preciosa - me dijo el anciano en tono amable. Sus modales eran impecables - ¿Tendría tiempo para tomarse un café conmigo?

No suelo aceptar ningún tipo de invitación en el trabajo, pero aquel hombre fue tan sumamente educado que no supe negarme sin resultar descortés. Además, sentía admiración y curiosidad por él, sus palabras durante la conferencia me habían impresionado y sorprendido. Marcos no salía de su guardia hasta dos horas después, tenía tiempo de tomarme aquel café y después acercarme al hospital e irnos a cenar juntos.

La conversación resultó interesante desde el primer instante, tenía la sensación de que aquel hombre había vivido la vida intensamente. Hablaba apasionandamente de sus experiencias, pasadas y actuales, de sus conferencias, de sus nietos, de su casa en La Rochelle y escuchaba mis repuestas a sus preguntas sobre mi vida y mi trabajo con el mismo nivel de interés. A pesar de que debía de tener más de ochenta años había algo en su interior, una vitalidad inusitada que desbordaba aquel cuerpo anciano, un brillo en sus ojos que yo había visto en muy pocos jóvenes.

Me moría de ganas de hacerle la pregunta desde el inicio de la conversación, pero tenía miedo a romper la magia de aquel momento, mezclar el optimismo de sus palabras con recuerdos de la pesadilla que había vivido.

- Adelante - me dijo - pregúnteme.

Sonreí.

- Parece que mi curiosidad es difícil de esconder - contesté.

- Se lo pondré fácil, no hace falta que me pregunte directamente, creo que sé lo que quiere averiguar. Y le voy a contar una historia que espero le resulte clarificadora. Se llamaba Sara y era mi vecina. Tenía cinco años más que yo y me pasé toda mi niñez y adolescencia soñando con ella. Me gustaba oír cómo cantaba, su voz se colaba desde la cocina de su casa directamente hasta mi habitación. Tenía la voz más hermosa que yo haya escuchado nunca. El día que se casó fue uno de los más amargos de mi vida. Lloré hasta perder el sentido y créame, no se trata de una expresión hecha. Llegaron tiempos convulsos y tanto mi familia como la suya sufrimos las consecuencias. Tras las detenciones nos deportaron a todos a Mauthausen. Yo, como conté, tuve la suerte de ser lo suficientemente fuerte como para poder trabajar en la cantera. Ella sufrió mucho más, a los tres meses pesaba menos de treinta kilos, pero nunca dejó de cantar. Imaginármela cantando en su barracón era lo único que me daba fuerzas para seguir viviendo. Un día, en el patio, uno de los oficiales comenzó a golpearla sin ninguna razón, como solían hacerlo. Ella siempre fue una mujer valiente, nunca retrocedía, nunca se callaba, nunca se doblegaba. "Soy un ser humano, ¿lo entiendes, hijo de puta?" le gritó. Desafortunadamente el oficial comprendía el francés. La arrastró al centro del patio y mandó que sacasen un espejo de cuerpo entero. Agarrándola por los hombros, obligó a Sara a enfrentarse con su propia imagen, la de un esqueleto con el pelo rapado y los ojos hundidos, un despojo cubierto de sangre y harapos. "¿De verdad eres un ser humano?" le preguntó el oficial mientras ponía en las manos de Sara su pistola. No pude apartar los ojos de ella y ver como introducía el cañón de la pistola en su propia boca y disparaba. Al principio me negué a entender cómo había podido hacerlo, cómo había podido dispararse a sí misma, ceder ante el engaño del espejo y de las palabras de aquel hombre. Pero no tardé mucho tiempo en comprenderla. Decidí vivir por ella, con más fuerza aún que cuando estaba viva, como si el engaño nunca hubiese existido, como si aún pudiese escuchar su voz. Nunca me he rendido, nunca nos hemos rendido.


Photo source: http://www.flickr.com/photos/_tom/2471034925/

2 comentarios:

  1. ¡Dedícate a escribir ya y deja de jugar a los oficinistas! Tómate en serio tu don (uno de ellos :-), me jode que desperdices tu tiempo. ST, Luis

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  2. http://www.youtube.com/watch?v=zMJOZ5GGm5A

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