lunes, 6 de junio de 2011

Efímera

Recibí la foto el domingo, escaneada en un correo electrónico de mi hermano. "Sister, sé que te va a encantar. Por fin tienes la respuesta a todas tus preguntas. Cuídate flaca".
Me suelen poner nerviosa sus mensajes crípticos, pero al abrir la foto lo entendí todo.
Mi tía, la única superviviente de los trece hermanos de mi padre, había fallecido hacía apenas un mes, con más de cien años, dejando tras de sí únicamente un piso abarrotado de recuerdos, libros y fotos. Una preciosa jaula llena de pájaros de papel, en palabras de mi hermano.
El viernes anterior había recibido su mensaje: "¿Te animas a bucear entre el polvo? Yo pongo el antihistamínico, tú trae el vino". Pasamos todo el sábado en su piso, mirando fotos antiguas, buscando parecidos, contando viejas historias, hablando de ella. Desde un antiguo marco situado sobre la mesa, una joven hermosa y sonriente nos observaba divertida, retirándose el flequillo con una de sus manos y sujetando la raqueta como si el juego estuviese a punto de comenzar por siempre.
"No estés triste, sé que ella habría disfrutado con esto. Seguro que ahora estaría ideando algún comentario malévolo para hacernos reír, como solía", me dijo mi hermano al despedirme mientras limpiaba las lágrimas mezcladas con polvo de mis mejillas.
Ya en el taxi, hipnotizada por el paso imparable de las luces de la ciudad, no pude evitar enviarle un mensaje: "¿Crees que mereció la pena? De verdad, ¿merece la pena? No me contestes, sé que tu respuesta no me va a consolar".
Pero ahora, mientras observo esa mirada congelada milagrosamente en el tiempo, los ojos que tantas veces la observaron y amaron, tengo la absoluta certeza de que me equivocaba. Sé que mereció la pena.

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