sábado, 5 de marzo de 2011

La petite marchande d'histoires

No sabría calcular su edad, nunca se le dio bien definir a las personas por su aspecto, menos aún encasillarlas dentro de un rango de edad, pero suponía que era joven, lo cual visto desde la perspectiva de sus setenta años no aportaba mucha información.
El edificio estaba en la zona más antigua del centro de la ciudad. La mayoría de las viviendas estaban alquiladas y él hacía tiempo que había renunciado a intentar recordar las caras de sus vecinos.
Sin embargo, ella le llamó la atención, antes incluso de oir su voz. La chica vivía justo encima de su casa y la encontraba a menudo en el descansillo, siempre acompañada de un enorme perro negro. La primera vez que la vio pensó que era un chico: era extremadamente delgada, llevaba el pelo muy corto y los brazos llenos de tatuajes, pero su voz sonó tan dulce cuando contestó a su saludo, que no le quedó ninguna duda, estaba claro que era una chica.
Aquella misma noche, mientras cenaba, escuchó de nuevo su voz colándose por la ventana a través del pequeño patio de luces, recitando a Pavese: "Verrà la morte e avrà i tuoi occhi..." Se quedó paralizado, incapaz de seguir comiendo, con miedo a que el más mínimo ruido lograse que alguna de sus palabras se perdiera para siempre.
Al día siguiente, a la misma hora, abrió la ventana con la esperanza de volver a escucharla. Pasaron varios minutos y cuando ya había perdido la esperanza, el sonido de su voz inundó la diminuta cocina: "Esta sonrisa que me llega como el poniente / que se aplasta contra mi carne que hasta entonces sentía / sólo calor o frío". Panero. Increíble, pensó, mientras absorbía todas y cada una de las palabras, que parecían pensadas y escritas exclusivamente para aquella voz.


Photo source: http://www.flickr.com/photos/cfabry/2044067108/

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