lunes, 28 de marzo de 2011

La cita

Se bajó del taxi visiblemente desorientado. El día se había vuelto repentinamente oscuro y le costó adaptarse a la nueva luz. Las imponentes moles de los edificios institucionales apenas dejaban adivinar pequeños retazos de cielo y los débiles rayos de sol llegaban deformados por el reflejo de las miles de ventanas que se repartían como en una colmena a lo largo de toda la avenida.


Llevaba la carta en el bolsillo. Se había pasado todo el trayecto doblándola y desdoblándola, releyéndola una y otra vez sin llegar a descifrar por completo su significado. Lo único que parecía claro es que la cita era en aquel edificio en menos de cinco minutos. Cogió el ascensor y se dirigió a la planta que aparecía indicada en el papel.

La sala de espera estaba vacía. Miró a su alrededor, en busca de alguien que le pudiese orientar, pero no vió a nadie. En toda la planta reinaba un extraño silencio. Se sentó en el borde de uno de los asientos, sin saber muy bien qué hacer.

La puerta se abrió repentinamente. Un hombre grande, grueso y con bigote se acercó hasta donde se encontraba con una enorme sonrisa en la dibujada cara:

- ¿El señor Pérez?

Él asintió.

- Pase conmigo, por favor - continuó mientras le daba un fuerte apretón de manos.

El despacho no le pareció diferente del de otros abogados a los que había visitado en otras ocasiones.

- Pero siéntese, por favor, póngase cómodo.

Se sentó y, tratando de mantener la calma, colocó la carta sobre la mesa, procurando dejarla lo más estirada posible.

- Yo he recibido…

- Vamos, vamos, dejémonos de formalidades. Sé que ha leído la carta. ¿Ha entendido el contenido?

- Pues no, sinceramente, no estoy acostumbrado a esta terminología y no entiendo muy bien de qué se trata… Yo creo que no tengo ningún asunto legal pendiente…

El hombre sonrió, tensando las mejillas, en un gesto que a él le pareció más escrutador que amistoso.

- El asunto es claro y creo que dadas las circunstancias no es necesario andarse con rodeos: está usted muerto.

- ¿Muerto? ¡Pero qué dice! Esto debe ser una broma…

El hombre permaneció unos minutos en silencio y le dejó hablar, gritar, protestar, tartamudear hasta que se le agotaron las palabras. Su expresión indicaba que estaba acostumbrado a aquel tipo de reacciones y sabía bien cómo gestionarlas.

- Sr. Pérez, sé que éste no es un momento fácil de asimilar. Tómese su tiempo. Yo estoy aquí aclarar todas sus dudas.

- ¡Yo ví morir a mi padre! La muerte no es esto...– protestó.

- Sr. Pérez, aquí hacemos las cosas bien, procuramos minimizar los momentos más incómodos. Sólo en algunas desafortunadas circunstancias, incontrolables incluso para nosotros, el sufrimiento externo dura más de lo esperado y desmantela nuestros mecanismos de aislamiento. Pero créame, nuestro Departamento de Desarrollo trabaja cada día para que nuestros clientes no lleguen nunca a ser conscientes de ese trance. Los resultados son cada día más positivos y alentadores.

- Quiere decir que ahora me podría estar muriendo…

- Falleció hace exactamente diez minutos.

- Y ¿ahora qué? – gimió el hombre desconsolado.

- La muerte es un trámite, Sr. Pérez, un paso administrativamente necesario. Pero también es el momento de tomar decisiones.

- ¿Decisiones? ¿De qué tipo?

- ¿Qué quiere hacer ahora? ¿Qué tipo de eternidad quiere vivir?

- Yo… ¿yo puedo escoger eso?

- Por supuesto, Sr. Pérez. Y dígame ¿qué le gustaría? ¿Alas? ¿Ángeles y demonios? Todo un clásico… ¿Algo más futurista, quizá?

- Yo sólo quiero volver a mi vida, estar como estaba.

- ¡Perfecto! ¡Sin ningún problema! Todo está preparado, sólo tiene que firmar.

- Usted lo sabía…

- Nunca fallo, amigo –sonrió - nunca fallo. Dentro de cinco años recibirá una nueva citación y renovaremos las condiciones de su eternidad. ¡Ahora disfrute y sea feliz! No se preocupe por nada más, su taxi le espera en la puerta.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/istargazer/228819134/

1 comentario:

  1. Muy buen relato, Siena. Me ha gustado de verdad. Por cierto que estoy trabajando con un relato de una pareja que va a una fiesta, no conocen a nadie, la bebida no sabe a nada... y ellos no saben que están muertos. Si quieres probar a escribir un relato a cuatro manos porque yo no sé como acabarlo. Saludos. Borgo.

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