miércoles, 9 de febrero de 2011

Anonymous

Nunca contaron con él para nada, así que no se sorprendió cuando le dijeron que no iría. No se molestó en replicar, tampoco quería exteriorizar la alegría que sentía: procuraba que ellos ignorasen que se hubiese sentido incómodo si por alguna extraña circunstancia se les hubiese ocurrido incluirle en los planes oficiales. De hecho, odiaría que hubiesen contado con él para cualquier tipo de plan. Aún recordaba con horror los primeros días, aún novato en la empresa, en que acompañó a sus compañeros a la bolera al finalizar la jornada de trabajo. Nadie se molestó en preguntarle si sabía jugar o no. Arnie se dedicó a pavonearse delante de él, con la excusa de enseñarle cómo se tiraba la bola. Dos horas el primer día. Dos más el segundo. Llegó la hora de irse a casa, ni siquiera había tenido la ocasión de pisar la pista. El tercero no volvió: decidió que aquel no era un buen plan para el campeón de bolos de su estado. Demasiado tarde para explicárselo.
En un principio no se alejó de forma consciente, sólo sentía tedio y aburrimiento. Con el tiempo se había dado cuenta de que la situación tenía más ventajas que inconvenientes, él lo veía así: ellos ignoraban todo lo que le concernía, a excepción de su trabajo, y él a cambio se sentía libre de presiones, con el tiempo y los medios suficientes para hacer lo que realmente le interesaba. Nadie se extrañó de su actitud. Al fin y al cabo, él sólo tenía 17 años, la mayoría de sus compañeros como mínimo duplicaban su edad y sólo veían en él a un mocoso listillo, el becario que su jefe les había impuesto.
La planta estaba prácticamente vacía. El Annual Enterprise Technologies Summit se celebraba en Cancún ese año, la excusa perfecta para la mayoría de los desarrolladores para pasar cuatro días de playa, sol y bebidas con sombrilla. Sonrió. Abrió su portátil y se conectó a la Colmena.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/orasik/5272158767/

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