viernes, 10 de diciembre de 2010

El hombre invisible

Soy viejo. Viejo. No tiene vuelta de hoja. Para la mayoría de la gente sólo soy un hombre diluido entre la multitud, un ser que huele a rancio, a pasado. Piel arrugada, ojos vidriosos y cansados. Y sin embargo... Sin embargo, veo volar mis pensamientos como cometas, mezclados con los de los demás, chocando contra en el techo del autobús: apuesto a que no sabrías distinguirlos de los de esa chica - ¿veinte años? lo dudo... - que mira distraída por la ventanilla. La esperanza - tan ambigua, tan ilusa, tan vaga- debería perderse en las cañerías de los años, quedarse rezagada en las esquinas oscuras de la vida. Pero no. Aún siento sus cosquillas y no, no es el reuma. ¿Esperanza? ¿Por qué, de qué, para qué? ¿Realmente importa? Es lo que siento, sin más.

Por las mañanas mientras hago recuento de mis órganos, de lo que parece funcionar igual que ayer, o de lo que ha empeorado, me entra esa risa floja. Sí, esa sin sentido, la risa que no puedo ni quiero dominar. Y me imagino cómo moriré. No, no es eso: sé cómo moriré. No soy un hombre de infartos grandilocuentes, de cánceres invasivos y contundentes. Me veo desaparecer cada día, desvanecerme entre la gente - que total, ya no me ve - mientras me elevo, invisible, y me río a carcajadas, embadurnado sin remedio de esperanza.

.Photo source: http://www.flickr.com/photos/arbenn/3445344352/sizes/l/in/photostream/

2 comentarios:

  1. no he dejado un comentario antes por pudor pero esta vez no lo puedo ni quiero evitar: me llega todo lo que escribes. Corto, preciso, directo al centro del alma. Saludos, Joan

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