domingo, 29 de agosto de 2010

Tres, dos, uno...

No te muevas, es sólo un instante: clic. Recuerdos creados, guardados en mi memoria.
Aquella tarde habíamos ido a ver Memento a la Filmo. Yo a desgana, sin saber muy bien lo que me esperaba o peor aún, creyéndolo saber de antemano, harto de tus pelis francesas, chinas o rumanas, imágenes que me dejan frío, que me aburren y que me producen la misma sensación de lejanía que siento últimamente en ti.
Pero me equivoqué. En algún momento dejé de perderme en el baile contínuo del guión - presente y pasado, imagen y palabra - y como por arte de magia aquel tipo dejó de parecerme un gilipollas. Acabé inmóvil en la en la butaca, incapaz de reaccionar ante los créditos, con una inmensa sensación de inquietud, de no-ser, de no-estar.
También recuerdo que después nos fuimos a tomar algo con los demás, y que te dejé hablar sin interrumpirte como otras veces hago, más lejos que cerca, mientras de tus labios brotaban historias de Borges,  ficción y realidad y la imagen absurda de tu abuela quemando todas sus fotos: ¿dejó de existir realmente así?, ¿quién se acordará de ella cuándo todos los que la conocisteis muráis?
Ahora tumbado en la cama, con tu cuerpo dormido al alcance de mi mano, intento acordarme de ti, del perfume que ya conozco y reconozco, del color ambiguo de tus ojos, del mechón de pelo que reposa en tu espalda, pero no puedo ver nada, no tengo recuerdos, sólo la imagen de lo inmediato, de lo que intuyo de ti en la penumbra.  Y siento una rabia incontrolada, desproporcionada, un odio inmenso contra la incertidumbre y la levedad de lo que me rodea. Si mi cuerpo tiene peso, ¿cómo resignarme a desaparecer definitivamente sin ni siquiera haber oído una cuenta atrás que me prevenga?

Photo source: http://www.flickr.com/photos/osvaldo_zoom/3272162238/

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