domingo, 2 de mayo de 2010

El corazón del equilibrista

- Ya- dijo mientras colgaba la llamada que había recibido a penas hacía un minuto.
- No puede ser- contestó Ana - Pero... - No pudo seguir hablando, comenzó a llorar con el rostro aún paralizado en una mueca de sorpresa.
Él no supo qué hacer, nunca sabía qué hacer con los sentimientos de los demás, se sentía rígido y vacilante y sólo acertó a coger la mano de la mujer.
- No me ha dado tiempo a acostumbrarme a saber que estaba enfermo... No puede ser - Ana se encogió en la silla y siguió llorando.
- Pediré la cuenta - dijo él.
Habían quedado en aquel restaurante precisamente para hablar de ello, de cómo organizarse en adelante. Su padre les había hablado de su enfermedad hacía apenas diez días y ambos eran conscientes de que no podría seguir viviendo solo mucho tiempo. Habían afrontado la situación con aparente naturalidad, Ana abiertamente, decidida a tomar las riendas de la situación como era habitual en ella, él con la misma frialdad y precisión con la que gestionaba sus empresas.
En los días posteriores estuvieron atareados con todos los trámites pendientes, todo transcurrió con una precisión casi mágica. Su padre había previsto hasta el último detalle y sólo tuvieron que seguir el listado de tareas y deseos que su abogado les facilitó el mismo día de su muerte. Él se sorprendió pensando que su padre había muerto con la misma eficacia con la que había organizado su vida, sus vidas.
-Mañana nos vemos a las cinco en la casa de papá, yo llevaré las llaves - le comentó Ana después del funeral, dándole un beso de despedida.
En la casa todo estaba en orden. Sobre la mesa había dos listados que indicaban el reparto de los objetos personales. Se imaginó a su padre en la biblioteca, redactando aquella extensa nota, sin vacilar ni un sólo instante, un reparto equitativo en todos los aspectos. Abrió la puerta del despacho, mientras su hermana se dedicaba a inspeccionar el resto de la casa.
- Sería una lástima venderla - le oyó decir - Es tan... personal.
Se sentó en la mesa donde su padre solía pasar consulta. De nuevo, como había ocurrido en los últimos días, no sabía cómo sentirse. Escarbó en su repertorio de sentimientos, aunque sabía de antemano que no le ofrecería demasiada variedad. Prefirió observar el cuarto, proyectar los recuerdos que se alojaban en cada rincón y que ahora desfilaban delante de él como en una película, tan ajenos y lejanos a él como lo era él mismo.
Le extrañó observar que la papelera rebosaba con papeles arrugados, algo no habitual entre las costumbres de su padre. Descargó el contenido sobre la mesa y de entre los papeles escogió lo que parecía un cuaderno escolar. Al abrirlo, reconoció su propia letra: era uno de sus cuadernos de Primaria, lleno de redacciones de su época de colegio. En los márgenes de todas las páginas había miles de anotaciones cuidadosamente numeradas. La letra de su padre, abigarrada pero perfectamente reconocible : "13. Fluctuación de los renglones ligeramente ascendente...15. Minúsculas compensadas...17. Óvalos abiertos.....".
Dejó caer el cuaderno y sin poder evitarlo comenzó a llorar.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/anjijohnston/4206948692/

1 comentario:

  1. 23 de abril. 2 de mayo, ... Es julio, por Dios. Una sensación terrible de adicción siempre, y de ausencia ocasional, sobre todo retrospectivamente. Tus lectores queremos más. Más.

    Gracias, Siena. Por favor, Camino.

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