viernes, 23 de abril de 2010

El coleccionista

Llegó sin avisar. Recuerdo que yo estaba jugando en el jardín y que mamá corrió hacia la puerta al oir el sonido del motor deteniéndose ante nuestra verja. Aquel hombre tenía sus mismos ojos azules y la misma forma de sonreir, un poco ladeada, con la que ella me regalaba cuando me portaba bien.

- Ya estás hecho todo un hombrecito - aquel hombre me levantó por los aires contradiciendo sus palabras y me observó con la misma curiosidad con la que se observa a un cachorro.
- Acaba de cumplir ocho años, pero está muy alto para su edad - sonrió orgullosa mamá.

Entraron en la casa, riéndose y abrazándose como niños. Yo me quedé en el jardín sin saber muy bien qué hacer, los coches ya no parecían tan interesantes y me sentía incapaz de volver a mis juegos.
Los días posteriores fueron confusos para mí. Casi instatáneamente recuperamos toda la actividad que habíamos dejado a un lado cuando mi padre desapareció: salidas al campo, paseos por el parque, cenas con amigos... La casa había recuperado la vida, volvía a haber gente que nos visitaba y que nos invitaba a su vez a viajes y fiestas. Yo observaba el cambio con una mezcla de alegría y de desconfianza. Mamá había vuelto a ser la de antes, sonreía y parecía disfrutar de todo lo que hacía, pero aquel visitante seguía siendo un extraño para mí. Sé que él esforzaba por acercarse a mí, me llevaba en su coche al colegio y me recogía a la salida, mientras hacía reir a los demás niños y saludaba con coquetería a sus madres. Mi tío gustaba a todo el mundo, excepto a mí.

Una tarde les escuché hablar, mientras yo me escondía detrás de la puerta:

- Tienes que darle tiempo - decía mamá - Es sólo un niño, lo ha pasado muy mal este año pasado, la ausencia de Miguel ha sido muy dura para él.
- Lo sé y me esfuerzo en que se olvide de todo, pero es tan.... impermeable.
- Posiblemente sean celos, se había acostumbrado a ser el hombre de la casa y ahora tú has ocupado ese lugar...

Yo sabía que no era eso. Me alegraba tener la vida de antes, pero no era capaz de cerrar los ojos y disfrutar de ello.
Un anoche me desperté y llamé a mi madre.
- No puedo dormir, mamá.
- Pues baja a la cocina y coge un vaso de agua.
- Pero no tengo sed...
- No importa, ya verás como después te duermes.
- Jo...
Bajé a regañadientes y cogí el vaso de agua con los ojos medio cerrados.
Al subir las escaleras, observé que la luz del salón aún estaba encendida, que el resplandor se colaba por las rendijas de la puerta.
Me acerqué muy despacio. Sentí un escalofrío, la mano me temblaba ligeramente al agarrar la manilla y empujar la puerta.
Mi tío parecía ensimismado, ni siquiera se percató de mi presencia. Una hermosa mariposa, tan bella e irreral como las imágenes que ilustran los libros, parecía posada en su mano. En la otra mano sujetaba un fino alfiler con el que en un instante atravesó al insecto, colocándolo junto a sus compañeras en un enorme cuadro que ocupaba casi por completo la superficie de la mesa.

El vaso estalló contra el suelo, cubriendo mis pies de una mezcla de agua y sangre.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/julianaorihuela/3190222953/sizes/l/in/photostream/

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