viernes, 26 de febrero de 2010

L'ombra della sera

Llevaba más de media hora buscándola y comenzaba a sentir miedo. Había mirado por todas partes, incluso en el sótano en el que su tío guardaba las herramientas, pero no la encontraba por ninguna parte. Al principio, cuando pensaba que le estaba tomando el pelo, la llamó con paciencia, esperando oir sus carcajadas burlonas desde algún lugar del jardín, pero ahora gritaba desesperado mientras las lágrimas dibujaban surcos en su cara. Tenía sangre en las manos, se había clavado algunas astillas de los viejos baúles debajo de las uñas, pero el pánico era mayor que el dolor y amortiguaba el efecto de cualquier otra sensación.
Seguro que su madre le iba a matar. Era la primera vez que le dejaba solo cuidando de su hermana. "Mamá, no soy un niño" le había dicho. "Pero tampoco un adulto, tienes doce años y no estoy segura de que aún puedas cuidar solo de ella". "Tiene cuatro años, ya no es un bebé". Había insistido tanto que al final les había dejado ir solos al jardín de sus tíos. Estaban jugando al escondite y ahora que comenzaba a anochecer sentía un peso insortable, la absoluta seguridad de que no la volvería a ver nunca. "No, por favor" susurró. Su hermana era una pesada, era verdad, le perseguía a todas partes, le cogía sus cosas, se burlaba de sus amigos, acaparaba toda la atención que antes le pertenecía a él solo, pero no se podía imaginar cómo sería  la vida sin ella. Nunca había sentido un dolor comparable al que sentía en aquel momento.
Estaba aterrado, su madre y sus tíos aparecerían en cualquier momento y no sabía cómo podría contestar a las miles de preguntas que sabía que iban a hacerle, no sabía cómo podría calmar a su madre, no sabía cómo hacer que Lici apareciera de nuevo.
Se sentó desesperado en las escaleras. Las tablas aún estaban calientes, caldeadas por el sol de la tarde que ya se había desvanecido. Todo permanecía en silencio, los árboles se transformaban lentamente en sombras tenebrosas, levantando sus dedos al cielo: el escenario perfecto para personificar su miedo.
Levantó los ojos y observó que algo se movía entre la hierba, no muy lejos de su lado: era uno de los conejos de sus tíos, que arrancaba y masticaba tranquilamente las hierbas del jardín.
Se dirigió apresuradamente a la conejera y comprobó que la puerta estaba entreabierta. Dentro los conejos habían formado un extraño montículo de piel gris y marrón, agrupados en un pelotón que parecía respirar como un solo ser. Al acercarse comprobó que entre aquella masa se distinguían pequeñas florecitas, muy parecidas a las del vestido de su hermana. Espantó como pudo a los conejos y descubrió a la niña tumbada en el suelo, con los ojos cerrados y el pelo revuelto.
- ¡¡Lici!!, ¡¡Lici!!
La niña abrió los ojos asustada:
-¿Qué pasa? ¿Por qué has asustado a los conejitos? ¿Por qué lloras?
El muchacho la abrazó intensamente hasta que la niña, dolorida, le separó los brazos y susurró:
- Vámonos a casa, tengo mucha hambre.

Phote source: http://www.flickr.com/photos/tashaadaly/3791865008/in/photostream/

1 comentario:

  1. Vaya curro, dos relatos a la semana. Seguro que estás aprendiendo y avanzando como el rayo.

    Siempre que he pasado por tu pueblo, en verano, he mirado a ver si te veía.

    Un abrazo a todos.

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