jueves, 18 de febrero de 2010

Coffee in Japan

Había discutido con Cristina por enésima vez y ella se había largado dejándome en la puerta del Starbucks, con dos cafés en la mano, con cara de gilipollas y la puñetera sensación de que aquello nunca acabaría, que el resto de mi vida discurriría entre discusiones definitivas y reconciliaciones momentáneas, up and down, en desequilibrio constante y unas ganas inmensas de cerrar los ojos y dormir, dormir, dormir.
Me senté en la acera. En aquel momento el mundo me importaba una mierda, así que ni siquiera me fijé en él, sólo dejé de sentir durante un instante el peso del café de la mano derecha e inmediantamente comprobé que se sustituía por el peso de un nuevo objeto. Aquel tipo me había dejado un tetra brik de vino en la mano, que me ventilé sin pensarlo ni un segundo. Oí su carcajada, cómplice y desdentada, mientras apuraba el último trago. Después me bebí el café de la mano izquierda, la mariconada del caffè latte con vainilla que me había pedido Cristina y que me supo a rayos, no sé si por su recuerdo o por el vino que ya tenía en el estómago.
Me quedé sentado allí mismo durante horas. Oía los pasos de la gente, conversaciones, gritos, el ruido de los coches, todos muy lejanos, absolutamente ajenos a mí. Cuando volví a abrir los ojos era completamente de noche y el hombre había colocado un par de cartones y una manta maloliente a mi lado. A esas horas, él ya había montado su guarida y canturreaba, con una fila de cinco cartones de vino vacíos a sus pies.
Coloqué las cajas vacías y me tumbé tapándome con la manta. Alguién tiro una monedas a mi lado, que el hombre recogió entre insultos y gritos, a la vez que me daba suaves palmadas con la mano derecha.
Mientras me dormía de nuevo pensé que a lo mejor era posible, que quizá mi sitio era realmente ese, viendo brillar las luces en el asfalto sin necesidad de pagar la factura a final de mes.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/statico/111031441/

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