martes, 12 de enero de 2010

El Niño


Nunca le gustó estudiar, pero eso no supuso ningún problema para nadie. Su madre llegaba a casa a las nueve de la noche, reventada tras pasar más de doce horas de pie en la pescadería y su última preocupación era si la niña había hecho los deberes. De su padre hacía años que no sabía nada y no sentía ninguna curiosidad sobre su paradero. En la casa todo iba mejor desde que él se fue. El Niño ya no chillaba cuando él volvía dando gritos, borracho a las tantas de la madrugada, y su madre por fin había vuelto a sonreir.
Acabó a duras penas la educación obligatoria y en cuanto pudo se puso a trabajar. Empezó limpiando un bar al final de la calle, lleno de borrachos perennes y olor a baquelita quemada. Nunca hablaba con nadie más de lo imprescindible, así acaba pronto y podía ir a ver a su prima, la Mari, que limpiaba en unas oficinas situadas en el antiguo descampado del barrio. En pocos meses, en aquel lugar de nadie, lleno de colchones viejos y yonquis agonizantes, habían crecido enormes edificios y las calles, cuyo asfalto aún brillaba reluciente, estaban ahora abarrotadas a todas horas.
Su prima se había colocado bien, su madre podía presumir en el supermercado de que su hija cobraba un sueldo fijo a final de mes. Se lo pasaba bien con la Mari. Comían pipas y se tomaban coca-colas junto a la máquina del café hasta que ella tenía que volver a trabajar. Nadie les decía nada, la gente parecía demasiado ocupada para fijarse en ellas.
- Espera, voy a preguntarle a esa si me puedo coger dos días de vacaciones - dijo la Mari.
- ¿A quién?
- A esa, es la supervisora - contestó la Mari.
Ella siguió comiendo pipas tranquilamente, hasta que vió que aquella mujer se dirigía a ella.
- ¿Tú también limpias? - le preguntó.
- Sí, señora.
- Estamos buscando gente para el turno de noche, ¿te interesa?

Se fue corriendo a la pescadería para contárselo a su madre, se sentía feliz.  Su madre saltó y chilló con ella, como si fuese una niña.
- Ay, Bea, hija, nos ha tocado la lotería.

El trabajo le gustaba. De noche no había prácticamente nadie, así que podía dedicarse a limpiar a fondo, como ella estaba habituada a hacer. Limpiar le permitía pensar sin que nadie la molestase. A las seis y media de la mañana desayunaba tranquilamente con las otras limpiadoras y los guardias de seguridad antes de irse a casa a las siete. El informático que pasaba la noche de guardia también les solía acompañar, se reían y hacían bromas juntos, y poco a poco se habían hecho buenos amigos.

Un día le vio llenado cajas con teclados, pantallas, CPUs inservibles y le preguntó:
-¿Qué vas a hacer con eso?
- Son para tirar, en dos años se han quedado viejos. Hoy han llegado los nuevos, así que ¡todos al contenedor!
- ¿Me los das?- preguntó.
- ¿Qué? ¿Y para qué los quieres tú? - la miró con incredulidad - ¿Desde cuándo te gusta la informática?- sonrió.
- No son para mí, son para el Niño.
- Estos no son juguetes para un niño, podría hacerse daño...
- El Niño es mi hermano, tiene 32 años.
- ¡Ah! Si es así, vale, pero son sólo chatarra, no le van a servir para nada.
- A él le gustarán, se entretiene mucho así.
- Si es así vale, preciosa... Hoy he traido el coche, si quieres cuando salga de trabajar te los puedo acercar a tu casa.

La casa parecía exactamente igual al resto de las casas que la rodeaban, bloques desastrados de los años 70 con fachadas de ladrillo cubiertas de pintadas y rodeadas de parques llenos de rastrojos.

Llamó a la puerta de la dirección que le había dado y la chica salió a abrirle inmediatamente.

- ¡Joder! ¡¡¡Pero qué es esto!!! - exclamó asombrado el muchacho.

La casa parecía el interior de una nave espacial. El salón estaba lleno de cubiertas, algunas de ellas abiertas, llenas de cables instalados con una precisión y limpieza profesionales. Encima de la mesa había miles de piezas de diferentes aparatos, dispuestas por tamaño con una precisión milimétrica,  y lo que parecía una sofisticada antena, fusionada con otros objetos más convencionales. La habitación estaba escrupulosamente ordenada y limpia, se asemejaba más a un laboratorio que a una vivienda.

- No hables demasiado alto, el Niño se asusta - dijo la chica.

De una de las habitaciones salió un hombre enorme, de movimientos torpes y mirada perdida, pero sus ojos se iluminaron al ver las cajas que el chico había llevado.

- Este el Niño, mi hermano - dijo la muchacha - No habla mucho, pero estoy segura de que quiere darte las gracias.
- ¿Él ha hecho todo esto? - dijo el chico asombrado. Él había estudiado informática, pero en su vida había visto nada parecido a aquelllo.
- Sí, se pasa el día haciendo estas cosas, nunca ha salido de casa, le da miedo la gente y cuando oye gritos se asusta, así que prefiere quedarse aquí.

Mientras tanto, el Niño reía, sentado en el suelo, revisando y colocando cuidadosamente los teclados, las pantallas y las CPUs, y aplaudiendo cada vez que acabada de colocar el contenido completo de cada caja.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/argonne/3323495291/sizes/l/

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