viernes, 4 de diciembre de 2009

Sed (A melancholic meltdown)

No puedo volver a casa porque ya no queda nada. He apagado la esperanza de encontrarle, sentado en el sofá envuelto en normalidad, el sonido de su respiración como banda sonora cubriendo implacablemente cada centrímetro de la habitación. No espero una sonrisa, menos aún unos labios entreabiertos en un rincón sólo nuestro, caricias en un plano vacío.
A pesar de que las horas han pasado y no dejan de pasar y los años se han perdido distraídos en mi calendario, al caer la noche aún puedo sentir sus pies fríos acercándose a los míos en busca de consuelo. Nadie sabe lo que es la sed hasta que deja de beber. Son estos instantes los que me muestran, claros y precisos, que la vida es un cebo vacío y que el dolor del aguijón siempre supera al sabor de la rutina.
No sé por qué, maldito otoño, hoy de nuevo siento el aliento seco, el ansia, la sed. Ganas de juntar pedacitos y volver a componer lo que un solo soplo de viento destruyó delante de mis ojos y que yo misma dejé que se perdiese, arrugado entre los periódicos viejos. Y como un animal herido, aún queda dentro de mí ese reflejo miserable, el de saltar la escalera del tiempo y volver al escalón donde por un segundo mis pensamientos vuelven a cobrar sentido.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/cinziarizzo/2845488468/

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