martes, 6 de octubre de 2009

Madrid II (The man with the dragon tattoo in his head)

No me gusta leer en el metro, demasiadas veces me he tenido que bajar del tren al darme cuenta de que  la estación a la que me dirigía había pasado de largo hacía demasiado tiempo. Odio la sensación de tener que subir las escaleras y esperar en el andén contrario a que llegue el siguiente tren para desandar el camino equivocado.
Me dí cuenta de su presencia por su olor, mi memoria visual es casi nula, pero recuerdo a la perfección olores que casi nadie es capaz de distinguir. El vagón esta abarrotado, pero resultaba imposible no fijarse en el dragón tatuado en su cabeza, totalmente rapada,  y que acababa repentinamente a la altura de su nuca. Era un dibujo de una perfección asombrosa, de una delicadeza exquisita. La tinta, contrariamente a la de otros tatuajes, no era verdosa, sino de un profundo color negro, y a pesar de lo llamativo de la imagen, resultaba tremendamente sutil.
Sentí una repentina curiosidad. Estaba muy cerca de mí, su espalda casi pegada a mi pecho, pero no supe calcular su edad. Parecía joven, era delgado y fibroso, con vaqueros y una sencilla camiseta blanca, pero había en él un toque de madurez que parecía contradecir aquella imagen.
En la siguiente estación, el vagón pareció vaciarse repentinamente, y él se giró para situarse justo enfrente de mí. Me miró fijamente y yo bajé los ojos confundida, con la misma sensación que sentía de niña cuando me pillaban en una de mis numerosas travesuras. Sentía que él sabía que le había estado observando. Lentamente volví a levantar la mirada y pude observar su rostro, los ojos diminutos, rasgados, y la piel dorada, los únicos rasgos exóticos en su rostro occidental. Su cara me resulto conocida, casi familiar, pero de nuevo mi mala memoria, mi eterno despiste, me impidió saber si realmente le conocía o era sólo un juego de mi imaginación. Él mantuvo la mirada, tranquilo, pero sin retirarla ni variar su expresión ni un sólo instante.
Tras varias estaciones, una avalancha de gente entró y creí perderlo de vista. En la puerta más cercana, la gente se agolpaba, tratando de evitar lo que parecía un obstáculo: allí estaba él, mirándome fijamente, de pie, quieto en el andén.
Oí el silbato lejano de tren y cerré los ojos: la puerta se cerró detrás de mí y comprobé que de cerca, sus ojos sabían reir como no sabían hacerlo sus labios.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/12708811@N07/3141709064/in/photostream/

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