viernes, 2 de octubre de 2009

La teoría de la abundancia I




Soy invisible, un tipo absolutamente corriente, por eso me resulta más fácil mirar, observar sin ser observado. Es una suerte, porque si me gustase sentirme escuchado habría tenido que recurrir, como mi madre hacía, a hablar con objetos inanimados. Ella hablaba con las cucharas, las cacerolas, las lámparas... A todos les atribuía una personalidad única y nunca se equivocaba, ni confundía las personalidades de los unos con las de los otros. Sabía que los relojes eran excelentes contertulios si estaba de buen humor, pero que si realmente necesitaba una conversación más profunda, debía recurrir a los objetos más pequeños: agujas, dedales, cerillas eran los mejores filósofos del reino de los objetos.
Mi padre le recriminaba que estaba loca si la encontraba conversando aparentemente sola en la cocina, pero admitía que en la vida había conocido a nadie más sensato que ella. La casa siempre estaba llena de gente, siempre había una vecina esperando en el salón su café y su consejo.
Solía acompañar a mi padre en sus viajes de negocios al extranjero, y volvía cargada de objetos extraños, que repartía por la casa.
- ¿Sabes hablar japonés? -le pregunté cuando volvió de Tokio - ¿Cómo harás para hablar con todas las cosas que has traído?
- Eso de los idiomas es una estupidez que hemos inventado los humanos, las cosas no se crean limitaciones absurdas...
 (Continuará....)
Photo source: http://www.flickr.com/photos/jesusen/495007506/

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