miércoles, 7 de octubre de 2009

La generosidad de los extraños

Hacía tiempo que sentía la impresión de haber perdido la fe. Se despertaba por la mañanas desazonado, sin encontrar sentido a las horas que debía afrontar tras levantarse de la cama. Nada había cambiado, incluso si se lo planteaba, nada podría irle mejor: tras conseguir el traslado a la nueva parroquia se sentía más integrado que nunca. Prefería el norte de Inglaterra al sur, y nunca había disfrutado mucho de las ventajas de vivir en el campo, así que cuando le notificaron que su nueva parroquia estaba situada en las afueras de Manchester, se sintió aliviado.
El cambio de ubicación supuso, sin embargo, el principio de su crisis espiritual. Debido a la situación  y tamaño de la parroquia, el trabajo administrativo se había triplicado y se sentía más contable que pastor de su rebaño. Entre papales y papeles, se pudo tomar el tiempo necesario para  reordenar sus ideas, para revisar todos los principios que había dado como buenos desde su ordenación, hacía ya casi veinte años. Se dio cuenta de que conocía las entrañas de la Iglesia demasiado bien como para permitirse el romanticismo de la fe ciega, pero aún así decidió utilizar el sentido común y seguir adelante, ayudar en lo que pudiese a apuntalar otras conciencias, ya que con la suya presentía que ya no podía hacer nada. Decidió dedicar más horas a preparar sus homilías, tratar temas más cercanos a la gente. Optó por ser práctico: es más fácil vivir sabiendo que hay algo al final del camino y aunque él había perdido ya esa esperanza, prefería seguir ayudando a mantenerla en otros.

Sentado en la sala de su pequeño despacho, situado junto a la diminuta sacristía de la Iglesia, preparaba los sermones hasta altas horas de la noche. Ya estaba añocheciendo, cuando oyó ruido en el interior de la iglesia. Era extraño, al día siguiente era festivo y la gente apuraba las últimas horas de la tarde para hacer las compras de Navidad en el centro de la ciudad o en los grandes centros comerciales, nadie solía acercarse por allí después de las cinco.
Sentado en el último banco, revolviendo papeles, le pareció ver sentado a un muchacho, embutido en un abrigo enorme, el gorro calado hasta las cejas y varias vueltas de bufanda en torno al cuello.
- Buenas tardes, ¿puedo ayudarte en algo? - le preguntó.
- Buenas tardes - le oyó contestar. Su acento no era inglés, sonaba suave, aunque no pudo identificar su origen. Se quitó el gorro y comprendió que no era un muchacho, sino una chica joven - Me he confundido al coger el autobús y al darme cuenta de mi equivocación me he bajado, pero no tengo ni idea de dónde estoy.
- Un mal día para perderse, me temo que a partir de las ocho ya no circularán más autobuses.
- Sí, lo sé. Querría calcular la distancia a pié hasta Salford. ¿Me podría decir dónde estamos?
- Déjame el mapa, te lo indicaré, pero estamos bastante lejos de Salford, a más de cuatro millas.
- Uf, una buena caminata - la chica sonrió, lo cual le pareció extraño. No parecía alarmada, parecía una niña frente a una nueva aventura, imaginó que no sabía calibrar los peligros que a los que se expondría al caminar sola por la noche en aquella zona.
- No creo que sea seguro, va a anochecer.
- Estoy acostumbrada a caminar. Si me indica el recorrido más corto, podría llegar a una hora razonable.
- Sería más prudente que cogieses un taxi.
La chica negó con la cabeza.
- Gracias, pero...
- Te llevaré  yo- se oyó decir a sí mismo.

La chica no era muy habladora, pero resultaba increíblemente amable. Durante el camino a penas intercambiaron cuatro o cinco frases, sólo pudo saber que trabajaba como au-pair por las mañanas y que por las tardes iba a clases en la UMIST o estudiaba en la Central Library.
-¿Francesa? - le preguntó.
- No, española - contestó la chica. Apenas podría verle la cara, la gran melena le cubría casi todo el rostro.
Llegarón a la dirección que la chica le había proporcionado y mientras la chica se soltaba el cinturón, no pudo evitar preguntarle:
- ¿Por qué entraste en la iglesia? Supongo que eres una persona religiosa... ¿Cristiana?
La chica sonrió:
- No, para nada, pero por suerte sigo confiando en la generosidad de los extraños. Mil gracias por todo - sonrió de nuevo, bajó del coche y entró en la casa, cerrando la puerta a sus espaldas.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/ericparker/3001736018/sizes/l/

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