domingo, 25 de octubre de 2009

Cold water



“El mundo se nos está quedando pequeño” pensé. A primera vista parecía un aeropuerto más de los cientos que ya había visitado: gente con prisa, maletas y bolsas por todas partes, caras de cansancio y la futilidad de lo transitorio pegada sin remedio a cada objeto.
En la salida nos esperaba un hombre de aspecto aburrido con un cartel con algo que se asemejaba a mi nombre, seguramente escrito por alguien no acostumbrado a ver o escuchar nada parecido. Los trámites se habían vuelto interminables, pero ahora que había llegado el momento de la verdad, sólo pensaba en cómo podría dar marcha atrás al tiempo y poder tomarme unas horas más para meditar. Nancy no había dormido nada durante el viaje, sin embargo no parecía cansada. Siempre he admirado en ella su determinación y la claridad con la que ve la vida; a diferencia de mí, lima todas las aristas y parece tener un mapa interno que la guía en sus decisiones. Yo soy un hombre poco práctico, lo admito, me pierdo en las posibilidades y prefiero divagar a dar pasos hacia delante. Me da miedo cerrar puertas detrás de mí, perder con las decisiones que tomo las vidas que podría haber tenido.

La primera vez que ella me planteó el asunto, yo me perdí en la grandeza de la decisión: un cambio tan drástico en nuestras vidas, muy tranquilas y sin lugar a dudas privilegiadas respecto a la gente que nos rodea, alterar mi rutina, era demasiado pronto, demasiado tarde, demasiado al fin y al cabo. Al principio le dije que no, pero tras semanas de pasar noches sin dormir, dándole vueltas, algo dentro de mí me dijo con voz clara que ella tenía razón, que era lo que debíamos hacer y le dije que sí, sin saber a ciencia cierta qué podría suceder en términos prácticos.


Nos trasladaron en un pequeño autobús destartalado hasta una gran casa de aspecto colonial. La lluvia golpeaba los cristales con tal fuerza, que no nos atrevimos a salir hasta que por fin el sol se asomó entre las nubes y la luz iluminó de nuevo el día. La enfermera nos acompañó a la habitación. Allí había dos niñas, no una. La mujer nos comentó que no las habían podido separar. “No son hermanas, pero desde que las recogimos siempre han estado juntas”. Las dos parecían tener la misma edad y, a pesar de que había visto miles de fotos de la niña, no supe diferenciar cuál de las dos era ella.


Nancy me miró y no dijo nada. “Debes estar bromeando” le contesté alarmado a su mirada, casi gritando. Salí de la habitación hasta llegar a las empinadas escaleras de caracol por las que habíamos subido hacía apenas dos minutos. Me sentía mareado, incapaz de sentir nada excepto cómo las gotas de agua fría mezcladas con mi sudor resbalaban por mi espalda. Me senté en el primer escalón y cerré los ojos. Creo que pasaron minutos, pero no estoy seguro, no sabría calcular.


Sentí la presencia de Nancy a mis espaldas, su mirada en mi nuca y su aliento acompasado con mi respiración. “No tenemos que tomar esta decisión” dijo en voz baja.


“Creo que ella ya la ha tomado por nosotros, y eso es algo que deberíamos respetar” me oí decir y sentí que, por una vez en mi vida, tenía algo más claro que mi propia vida. Nancy me abrazó, llorando en silencio.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/nachoissd/3724803973/

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