viernes, 18 de septiembre de 2009

La silla



- ¿De verdad quieres venir? - le preguntó el padre.
- ¡Que sí! - contestó la niña - Ya soy mayor y quiero ir.

El hombre que desayunaba tranquilamente en la mesa más cercana les miró con curiosidad. Calculó que la niña tendría siete u ocho años, pero parecía muy despierta y decidida.

La madre insistió:
- No deberías llevarla, nos podemos ir al parque o esperarte aquí, viendo la tele. De verdad, Enrique, no creo que sea algo apropiado para una niña de su edad.
- Jo, mamá, no me trates como a un bebé. Ya sabes que no me da miedo. Además, de mayor voy a ser médico... bueno, y veterinaria, inventora y jardinera - protestó la niña.
- Lucía, va a ser sólo un momento. Tú nos esperas aquí y mientras te tomas un cafecito. Después nos vamos a hacer la compra...- dijo el hombre.
-.... ¡¡¡y comemos en el Burger King!!! - gritó la niña.
- Está bien, pero no tardéis mucho.
La niña comenzó a saltar y dar gritos de alegría.
La madre se quedó sentada con un leve gesto de preocupación, mientras veía salir al padre y a la hija del bar.

El hombre de la mesa se levantó y les siguió sin poder evitarlo. Nunca había hecho nada parecido, pero necesitaba conocer el final de aquella historia, no se imaginaba el regresar a casa sin saber qué ocurriría a continuación.

El padre y la niña cruzaron la calle, mientras la niña no paraba de hablar:
- ... y tiene los pantalones cuadrados y su amigo es muy tonto, se llama Patricio. Y Calamardo tiene muy mal genio, pero a mí me cae bien. El mejor es Gary, que es la mascota de Bob Esponja y que no se quería bañar y ...
Entraron en el tanatorio. El hombre sintió un vértigo extraño y se preguntó cómo podría pasar desapercibido en la sala hacia donde se dirigían. Al llegar comprobó aliviado que la habitación  estaba abarrotada y que sería fácil acercarse a escuchar la conversación.

El padre y la hija se acercaron a saludar a un matrimonio ya mayor y la niña les dio dos besos entusiasmada.

- Voy a ver a un muerto - dijo la niña muy contenta.
 - Virginia, ¡por favor!... Juan, Lola, lo siento mucho... Os acompaño en el sentimiento.
- Muchas gracias, Enrique. Era irremediable, ya era una mujer mayor, con tantos achaques, viviendo sola.
- Pero aún estaba bien...
- En apariencia, Enrique, en apariencia. Dos infartos, diabética, ochenta años... Es ley de vida.
- ¿Cuándo os enterasteis?
- Llevábamos llamándola un par de días, no contestaba al teléfono, nos acercamos a su casa... y ya ves.
- Bueno, voy a pasar a verla.
- Juan, díselo...
- Que sí, Lola. Enrique, la encontramos sentada en una silla. Como ya estaba fría, la hemos dejado así, nada de ataud, total, la vamos a incinerar... Los de la funeraria la han dejado muy bien, ya lo verás.

El hombre, que estaba de espaldas, haciendo ver que leía la esquela, sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Sin darse tiempo a pensar, siguió al padre y a la niña, que entraron a la sala donde se encontraba la muerta.
 La mujer estaba al otro lado del cristal, sentada en una silla, perfectamente maquilada, con las manos cruzadas sobre su regazo y los dedos llenos de anillos, que contrastaban con su blancura, casi verdosa bajo la luz de los focos, y el estampado de su vestido de flores.

- Parece que está dormida, ¿verdad? - le dijo el padre a la niña.
La niña contemplaba la escena con los ojos abiertos como platos.
- Parece una muñeca... ¿Tú crees que sabía que se iba a morir? - preguntó.
- Yo creo que sí, ya estaba muy malita.
- Pues si yo supiese que me iba a morir, no  me moriría sentada, me moriría haciendo el pino puente que me sale muy bien...
- Vámonos Virginia, mamá nos está esperando.

El hombre les observó alejarse. Se quedó unos segundos observando a la muerta, y siguiendo un impulso que no pudo controlar, sacó el teléfono móvil y le hizo una fotografía.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/8230500@N04/2059527797/

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