domingo, 6 de septiembre de 2009

Dos

Pensaba que estaba frente al espejo, pero no, simplemente él se movía como yo. Supongo que es la misma sensación que experimentan algunos padres cuando ven crecer a sus hijos, muy parecidos a ellos mismos. En mi caso era una sensación nueva, los genes de Eva son sin lugar a dudas dominantes, y Nacho y Silvia son calcados a su madre: los ojos negros, el pelo oscuro y la piel canela hasta en enero. La genética hace su trabajo, quizá mis nietos tengan mis ojos verdes, pero es algo que no me preocupa en absoluto.
Siempre tuve ese sueño, el viejo salón de la casa de Sant Pere Pescador repleto de gente. Esa gente, todos mis antepasados, van saludándome uno por uno, como a un viejo conocido (mi nariz en una cara, mis ojos en otra, la sonrisa ladeada en la otra...) y, por fin, después de una larga espera, me encuentro a mí mismo. No hay sorpresas, sólo curiosidad y la misma alegría que se siente al ver a alguien que se piensa perdido, el hermano pródigo que vuelve a casa.
Es un sueño que he tenido desde pequeño y que se repite a menudo aún hoy. Eva lo llama "la indigestión de Kiewsloski," y mi madre, que siempre creyó en el más allá y en los espírtus,  me pedía que me acordase de decir a su abuela que la echaba mucho de menos cuando me daba un beso al ir yo a la cama.
Pero aquella vez resultó algo aún más sorprendente. Aquel tipo me miraba desde el otro lado del escaparate y me sonrió, estoy seguro de que tan consciente de nuestro parecido como lo era yo, y continuó caminando sin ni siquiera volver la cabeza atrás.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/rmon_vlc/3720615629/sizes/o/

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