jueves, 27 de agosto de 2009

Tinta en los dedos


Unos días había más suerte que otros. Los lunes eran sin duda los mejores días: la gente se agobiaba al ver el periódico y las revistas del fin de semana acumulados encima de la mesa del salón y los bajaban al contenedor, como quien se quita un lastre de encima. Los jueves tampoco estaban mal, las peluquerías tiraban las revistas del corazón y aunque no eran su lectura favorita, le permitían estar ocupado buena parte del día. Lo recogía todo: la publicidad de los supermercados, los resúmenes de las juntas vecinales, las viejas facturas, las esquelas, los libros de texto... todo.

Su casa había cambiado a medida que lo que comenzó como una afición se había convertido en el centro de su vida. Se había ido deshaciendo progresivamente de los viejos muebles de la casa y había construído estanterías con las que había cubierto todas las paredes, a excepción de las del baño y de la cocina. Ahora sólo tenía lo imprescidible: una cama, un sillón, dos sillas, el carrito de la compra y su lectura.

Salía todas las noches y recogía sistemáticamente todo lo que podía sacar de los contenedores de papel. Solía hacer tres o cuatro viajes y en cada uno de ellos siempre volvía con el carrito de la compra lleno a rebosar.

Los contenedores situados cerca de las farmacias o de las tiendas de informática o electrodomésticos eran sus objetivos prioritarios. En ellos encontraba a menudo su lectura favorita: los prospectos de medicinas y los manuales de instrucciones, no importaba de qué tipo de objeto o programa informático, que coleccionaba impecablemente ordenados en las habitaciones de su casa. Todo lo demás lo volvía a bajar a los contenedores una vez que lo había leído. Sabía que él no era el único que tenía el vicio de las letras metido en las venas. En sus paseos nocturnos había conocido a gente a la que, como a él, le hacía feliz sentir los dedos llenos de tinta al amanecer.

No podía imaginar una vida mejor.


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