domingo, 28 de junio de 2009

El Chino


Puto Chino. Era perfecto el cabrón: guapo, alto, listo, simpático... Los ojos rasgados, incluso cuando no sonreía, y esa forma de hacer las cosas, siempre impecable. Pero a él no le engañaba, sabía que todo lo hacía únicamente para fastidiarle.
Él lo sabía, sentía que siempre estaba pendiente de él, notaba sus ojos taladrándolo sin ni siquiera mirarlo. Sabía que ese desdén que aparentaba hacia él era fingido, que le observaba a sus espaldas y que peloteaba a la enfermera jefe para sabotear sus turnos. Sabía que él hacía todo lo posible para que sus días allí fuesen un infierno. Y aquello tenía un nombre: envidia.

El Chino siempre llegaba antes al hospital, cuando él llegaba el Chino estaba ya cambiado y bromeando con las enfermeras. Sobre todo con Adela. Ella era demasiado inocente para notar su maldad, para calibrar todo el daño que podía hacerla. Sólo porque él estaba interesado en ella, sólo porque desde el primer día que la vio, con su cara de niña y el despiste habitual de las enfermeras en prácticas, supo que aquella mujer era para él.

Adela, siempre simpática y atenta, parecía no verle cuando el Chino hablaba con ella, el mundo parecía desaparecer a su alrededor cuando estaba con él. Pero la culpa la tenía el Chino, que tejía telas de araña a su alrededor y conseguía que sólo ella se reflejase en su espejo. Qué listo el muy cabrón, se repetía una y otra vez.

- Buenos días, Adela.

El eco de su voz resonó en la sala, pero no obtuvo ninguna respuesta.
Me las pagará, ese Chino me las pagará, pensó, y comenzó a prepararse el café, mientras golpeaba la cucharilla con tal violencia que consiguió que Mario y Adela interrumpiesen su conversación y le observasen por primera vez, sorprendidos por su presencia.

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