miércoles, 24 de junio de 2009

De sangre, hielo y risa


El suelo resbalaba y hacía tanto frío que nuestras risas retumbaban hasta hacernos daño en las orejas.
Mi madre se impacientaba y nos pedía cada dos segundos que nos diésemos prisa, pero mi hermano y yo nos entreteníamos en hacernos burla y darnos pellizcos cuando ella no miraba.
Conocíamos el camino de memoria. Hacía varios meses que lo teníamos que recorrer a la fuerza y habíamos decidido inconscientemente hacer de aquello una rutina divertida.
El timbre de la consulta sonaba estridente incluso desde fuera de la puerta.
Siempre nos abría la misma señora, que hacía las veces de enfermera y recepcionista, exótica entre tantos días grises y tanto hielo. Siempre me asombraron sus pies diminutos elevados en altísimos tacones, los labios rojos, la flor en el pelo y, sobre todo, su habilidad para recorrer las baldosas en damero sin pisar ni una sola vez las rayas que las separaban.
Mi hermano seguía riéndose sabiendo, o a pesar de saber, lo que le esperaba.
Le gustaba que yo pasase primero y siempre comentaba lo mismo: “Dicen que es roja, pero no es verdad”. Al médico siempre le hacía gracia su comentario. “Venga, ahora te toca a ti”. Él se sentaba e invariablemente, como venía ocurriendo desde hacía un año cada quince días, se desmayaba mirándome a los ojos, muerto de risa, mientra la aguja se clavaba lentamente en la vena de su brazo.


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