martes, 29 de agosto de 2017

Tú no lo sabes

Todo los días cuento mis pasos. Hablo, miro, grito, beso, me aparto, pero mi cabeza sigue contando, como si de verdad mis pies necesitasen esa música para asegurarse de que el suelo no se hundirá si la acera se llena de agujeros.

Nunca te lo he dicho, ni creo que llegues a saberlo jamás. Prefiero doblarlo y guardarlo en la  caja donde se amontonan corchos de botellas, pastillas de colores, tarjetas antiguas y las llaves que ya no uso. Son números, sólo eso.

No he parado de contar - veintinueve - y tú sigues ahí, desenredando los hilos, balanceándote sobre mi hombro. Podríamos pasar horas así, muchas más, pero hoy has decidido salir a volar más allá del refugio donde sólo caben tus propias huellas. Y yo siento que si llega el invierno ya no será suficiente sólo con contar.

Has olvidado cerrar la puerta al salir. ¿Has visto que ya no hay nubes? ¿Comprarás tú el periódico? ¿Hace frío allí?

Cuarenta y ocho.


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jueves, 2 de febrero de 2017

El hombre del traje rojo

Supongo que hoy debería estar triste, pero no puedo. Tan sólo pienso en las cenizas. La misma imagen se proyecta una y otra vez en mi mente: las gotas cayendo dentro de la gran maceta de mi jardín, fundiéndose con las raíces de tu árbol favorito. La lluvia no puede ser más inoportuna, me preocupa que se lleve lo poco que ya me queda de ti.

Las piedras seguían aún calientes en la playa, a pesar de que el sol hacía tiempo que se había ocultado. Llevábamos callados tanto tiempo que el sonido de tu voz me sobresaltó cuando comenzaste a hablar: "Tan sólo te pido tiempo, tu tiempo. Yo ya no puedo darte nada más, porque algo o alguien ha decidido por mí. Compártelo conmigo mientras pueda ser yo, después entenderé que te vayas. Yo me quedaré siempre contigo".

Ahora que se cierran puertas, menos brillantes y prometedoras de lo que en un principio parecían, y que otras que desconocía se abren inesperadamente como queriendo confirmar lo que siempre dijiste, que soy afortunada, no dejo de oír el sonido de tu voz: "No pienses más, recuerda lo que me prometiste. No hay tiempo para nada, tú y yo lo sabemos. Tan sólo deja que el hombre del traje rojo entre en tu vida y escucha cómo canta para ti".

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lunes, 23 de enero de 2017

De salvadores y verdugos

Me llamo Nina y creo que tengo trece años. No tengo muchos recuerdos de cuando era más pequeña, apenas algo que más que las imágenes borrosas del televisor que nunca se apagaba en la habitación de la que jamás salí antes que llegasen los hombres que me llevaron al edificio blanco.

Soy lenta, no soy como los demás. Ellos lo repiten a menudo, ignorando mi presencia o mi opinión. Para mí es cómodo dejarles creer que es cierto. No me gusta hablar y necesitaría mucho tiempo para explicárselo. Tampoco sé si sabría ser como ellos o qué podría hacer fuera de aquí si tuviese la oportunidad de conocer las calles que veo desde la ventana, así que prefiero callar. Pero mi mente está llena de magia, ellos no lo saben. Si cierro los ojos, en mi cabeza se dibujan las palabras que no sé decir, los olores que no puedo percibir, los pasos que mis piernas no son capaces de dar, los sonidos que nadie más parece oír.

Esto es lo que escribiría si supiese escribir y si tuviese el más mínimo indicio de que a alguien le interesa saber lo que pienso.

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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ángulo muerto

Siempre he tenido serios problemas para recordar las caras de los demás y reconocerlos cuando vuelvo a verlos. Me resulta imposible cerrar los ojos y dibujar en mi mente los rostros de los que me rodean, mi cerebro debe acumularlos en algún lugar al que no logro tener acceso. Tengo muy buena memoria para los nombres, para las fechas, para detalles que pueden parecer triviales, pero a menudo me siento perdido cuando camino por la calle, nadando en medio de un banco de peces cuyas escamas, a mis ojos, reflejan el mismo brillo. Con los años he desarrollado pequeños trucos de supervivencia, pero he de reconocer que a menudo no me funcionan. Mi disculpa habitual, la única que me permite salir casi airoso de las innumerables situaciones embarazosas que he tenido que afrontar, es mi miopía. Veo perfectamente, pero la ausencia de mis gafas parece una buena razón para justificar mi falta de reconocimiento.

Viajo en avión al menos dos veces por semana. Las horas que paso volando me sirven de escapatoria para mis propios pensamientos. Cierro los ojos y escucho las voces de la gente que me rodea. Las voces sí suenan diferentes, música con partitura, páginas de un libro que me siento capaz de leer sin necesidad de esconderme detrás de mis falsas gafas de aumento.

Aquel viaje, en principio, no parecía ser diferente de los demás. La voz que sonó en el asiento que estaba a mi derecha me resultó familiar, pero mantuve los ojos cerrados. Cuando oí mi nombre, sentí pánico. Abrí los ojos lentamente, fingiendo salir de un profundo sueño. "No sabes quién soy, ¿verdad, Carlos?" Antes de que pudiese articular mi justificación recurrente, la mujer continuó hablando: "No me digas que has olvidado de nuevo tus gafas". Revisé mis recuerdos, pero no encontré el sonido que encajaba en el molde de su voz. "Lo siento, no recuerdo tu nombre" contesté. Ella permaneció callada el resto del viaje. Cerré lo ojos de nuevo, esta vez sumido en un oscuro vacío, rendido ante la evidencia de que nunca recordaría la cara que hacía unos minutos me observaba decepcionada y que, por alguna razón que no lograba justificar, me había contagiado su tristeza.

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jueves, 3 de noviembre de 2016

La memoria de los peces

Lo tengo todo preparado: la sal sobre la mesa, las copas de vino casi llenas y música para vestir las paredes blancas. Ellos llegarán en unos minutos, pero yo ya puedo oír la algarabía que transformará la casa, dibujando infinitas conversaciones que se quedarán grabadas para siempre en el aire que respiro.

María tenía que trabajar hoy, no llegará a tiempo, pero ayer se encargó de prepararlo todo para que ahora yo sólo tenga que ocuparme de pequeños detalles. A menudo noto su mirada fija en mí. Sé lo que se pregunta: "¿Cuánto tiempo queda? ¿Cuál será el instante preciso en que comenzará a olvidar que compartimos sofá, llaves y sangre?" Y esa es mi tristeza, el ver cómo el miedo va conquistando día a día sus ojos. Su temor me apena más que el sentir la certeza de que mordisco a mordisco iré perdiendo pedazos de mi ser para finalmente convertirme en alguien que no conozco, que ni ella ni el resto de mi familia reconocerán. Siento lástima por esa intrusa abandonada a sus soledades en un planeta hostil en la que sin duda me convertiré, pero siento más dolor por ellos, porque lo quieran o no, poco a poco seré sólo una inquilina desconocida, disfrazada de alguien que ya no es.

Pero hoy, antes de que llegue la hora de verlos de nuevo, de reír y de procesar nuevos recuerdos, he puesto en hora el reloj que nunca hasta ahora llegué a ponerme, decidida a apurar cada minuto con un ansia, rabiosamente feliz de poder disfrutar aún del tacto de la harina, del olor de mis lapiceros y del áspero sabor de los melocotones amargos.

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jueves, 27 de octubre de 2016

Horas de sol

El viaje no importaba, tan sólo buscaba un destino en el que no tener que esconder mis manos. Me había cansado de jugar a entender, a leer entre líneas y a aceptar que todas mis suposiciones eran ciertas. Estaba harta de calcular alturas y pesos, de potenciar equívocos y de plantar semillas en lugares sombríos en los que sabía de antemano que nada florecería.

La isla me gustó desde el principio. Tengo la poco práctica costumbre de confiar en mi intuición, en esas primeras sensaciones tan absurdas de puro inciertas que me incitan a darme el gusto de olvidarme de datos y estadísticas. Compré un billete sin retorno a pesar de que sólo había visto una foto en Google, filtrada y deformada. Aquel pequeño pueblo que crecía en torno al puerto me hubiese parecido una prisión en otro momento de mi vida, pero en aquel instante en el que no sentía más peso que el de mis maletas, era con toda seguridad la mejor de las opciones a las que podía optar. Conseguí alquilar una casa sin grandes problemas y a las dos semanas ya conocía todos los atajos que conducían a los acantilados y los habitantes del pueblo eran capaces de pronunciar una variante de mi nombre, cercana al sonido al que mi vida anterior me tenía acostumbrada.

Sólo erré en un cálculo: el sol del que huía también habitaba allí, más escaso y difuminado, pero constante e irritante cuando decidía enredarse en las cortinas o atravesar las ramas de los árboles del jardín. Fue precisamente ese sol el que se empeñó en acercarlo a mí, facciones que posiblemente hubiese ignorado o no reconocido en cualquier otro lugar, se llenaron de sentido iluminadas por las escasas horas de sol que los días persistían en conservar a pesar de todas las predicciones en contra.

No hay epílogo, ni justificaciones: ahora simplemente vivo aquí.


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lunes, 10 de octubre de 2016

Los ilusos recurrentes

No puedo explicar lo que es la ilusión pero ahora la siento pegada a mi cuello, mitad cuchillo, mitad cinta de seda, apretando por momentos, olvidándose de mí por segundos.

Tú aún no lo sabes, pero volví a Kolding. Paseé por sus calles disfrazado del turista que nunca quise ser, sabiendo que tú ya no estabas allí, que no te encontraría por casualidad en alguna de sus esquinas. Cuando cerraba los ojos, aún podía oír tu risa retumbando en la pequeña plaza en la que antes se escondía tu casa. La puerta verde, los escalones brillantes por el hielo y tú sonriendo a lo lejos con el pelo alborotado cubriéndote los ojos.

El tiempo nos ha ido difuminando hasta convertirnos en extraños, pero muchas veces, cuando el barullo de mi vida me da una tregua, todavía me pregunto cómo serán tus días, que corren paralelos a los míos pero lejanos y ajenos a mí. ¿Serás la misma que conocí y amé o mi recuerdo es sólo un espejismo de lo que guardé, de lo que quisimos pero no pudimos ser?

Hoy he recibido tu correo y mi mano ha temblado al leer tu nombre. Ella ha vuelto contigo, la ilusión que jugaba a su antojo con las agujas de mi reloj, y ahora no sé qué hacer con ella. Mañana te veré, pero mientras tanto el tiempo ha cambiado de medida.

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jueves, 29 de septiembre de 2016

Átomos errantes

No soy capaz de acordarme de la fecha exacta del accidente en el que fallecieron mis padres, aún estaba medicado y los números resbalaban y no se fijaban en mi cabeza como hacen ahora. Sí recuerdo que pasé la noche bajando todos los muebles de casa a la calle. Alguien debía necesitarlos más que yo, porque fueron desapareciendo a medida que los depositaba en la esquina. Cuando conseguí desarmar el enorme mueble del salón y lo bajé convertido en tablones, ya no quedaba ninguno, ni en la calle ni en mi casa.

Al día siguiente compré lejía y pintura blanca en la tienda de la esquina y pedí prestado un mazo al vecino. Cuando llegó la trabajadora social, ya había conseguido derribar los tabiques de las habitaciones y la cocina, y me había deshecho de los escombros. "No parece la misma casa" comentó. "¿Estás seguro de que estarás bien aquí, viviendo tú solo?" Mi respuesta debió convencerla de que sería así porque nunca más volvió. Esa misma tarde también vino a visitarme el sacerdote de la parroquia que solía frecuentar mi madre. Él me habló de Dios y su consuelo, y yo le hablé de la generosidad de los átomos ciegos, que dejan durante años de errar por el espacio e inexplicablemente se esfuerzan por permanecer unidos para formar y mantener nuestra existencia. No sé si me entendió, pero él tampoco volvió.

Dos días después, mientra pintaba, Malmo apareció. Se sentó en la silla y se quedó mirando como, una a una, las paredes cambiaban de color. Desde entonces vive conmigo. Después, poco a poco, fueron llegando los demás.

Ahora vivo en una casa blanca, con una mesa, una cama y una silla también blancas, llena de gente sin átomos, gente que nunca desaparece. Me siento en la única silla de la casa y me conecto a internet. Malmo a mi lado, Sue Heck en mi corazón.

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Higgs Boson Blues

Todo comienza como terminó: no puedo recordar nada.
"¿Sientes mi corazón latir?" Acerco mi mano a su pecho, pero no soy capaz de sentir nada, excepto el calor de este agosto que no se acaba, que nunca termina.
El asfalto quema y la ambulancia no llega.
El hombre continúa hablando y su mirada se pierde en el vacío de su desvarío: "Otro día... Era sólo otro día más. ¿Por qué hoy? ¿Tú lo sabes?" Pero yo no sé nada, quizá mi vida, la que continuó por un error en el guión de mis días cuando ya todo estaba perdido, es la que le correspondía y no es la mía.
Las sirenas comienzan a distinguirse a lo lejos, justo cuando el sol decide por fin ocultarse. "Todo va a ir bien" aseguran y yo subo de nuevo a mi coche.
Sigo conduciendo sin rumbo y veo, como él, los árboles ardiendo a mi paso, siluetas en el cielo, música pegada en los asientos. Qué importa lo que ocurra mañana. Todo termina como comenzó: no puedo recordar nada.

Nick Cave & The Bad Seeds - Higgs Boson Blues https://www.youtube.com/watch?v=1GWsdqCYvgw

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viernes, 2 de septiembre de 2016

El desencanto

¿De qué sirve que te explique cómo ocurrió? Llevo tanto tiempo recordando esta historia que creo que mis deseos, mis miedos y mis propias contradicciones la han deformado de un modo tal que ya no sé qué queda de realidad. Sé que aquella noche no había podido dormir y que el teléfono sonó a primera hora de la mañana, cuando comenzaba a sentir esa especie de sopor que presagia el sueño. No me alarmé. Creo que llevaba horas esperando a que algo sucediese. Llamada desde un número oculto. Nadie contestó al otro lado, sólo pude distinguir el ruido del tráfico, de pasos alejarse, de conversaciones lejanas que nada tenían que ver conmigo. Esperé. Contaba con que, fuese quien fuese quien estuviese al otro lado, finalmente se decidiese a comunicarse conmigo. Los ruidos se fueron amortiguando y ya sólo pude distinguir una voz femenina, no muy lejos del micrófono, pero que no parecía dirigirse a mí. "No va a poder ser. No estoy bien. Quiero irme. No espero que lo entiendas y comprendo que me juzgues, pero he tomado una decisión y es definitiva. No hay nada que puedas hacer, así que no compliquemos más la situación. Mañana te daré todos los detalles. Tengo que pensar. A pesar de todo, quiero hacer las cosas bien ". Fin de la llamada.

Mientras me duchaba, pensé en las palabras que acababa de escuchar. Lo normal hubiese sido aceptar aquello como una equivocación, pero tú me conoces, ya sabes que siempre he creído en las señales. Sabía que habría una segunda llamada al día siguiente. Pero me equivoqué. La llamada tuvo lugar esa misma noche. La voz tardó de nuevo unos minutos en poder distinguirse claramente. "Ya he comprado los billetes, era la única salida. La situación se había vuelto demasiado claustrofóbica, sabes que no soy capaz de soportar la presión, me limita. No quiero dejar de ser yo misma. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo dejamos que nos pasase? No hay sabor más amargo que éste, el de la muerte de algo que deseé que durase eternamente" En mi mente, unos labios rojos pronunciaban las palabras que ahora escuchaba tan claramente. "No sé si él vendrá, pero por una vez en mi vida he decido ser valiente. He quedado con él mañana en El Comercial a las 10. Si él quiere, nos iremos juntos. Si no, me iré yo sola. No llores, por favor. Hemos sido demasiado felices para empañar nuestros recuerdos de esta manera". La llamada acabó abruptamente, pero yo ya había tomado una decisión.

A la mañana siguiente, al llegar a la Glorieta de Bilbao, dudé por un instante. ¿Cómo la reconocería? Todas mis dudas desaparecieron al empujar la puerta de la entrada. Ojeras, piel transparente, labios rojos y una gran maleta a su lado. "¿Nos vamos?" me preguntó, y salimos del café, atravesando la acera que comenzaba a arder bajo el sol de julio.

(El Café Comercial, el lugar en el que  tantas veces me senté a escribir y en el que acumulé un sinfín de vivencias, literarias y personales, cerró el 27 de julio de 2015 dejándome, entre otras cosas, huérfana de mesa. Por él pasaron muchos de los personajes que habitan mis historias. Esta noche El Comercial vuelve a abrir en mis recuerdos)

Photo source: http://estamostendenciados.blogspot.com.es/2015/03/cafe-comercial-un-cafe-con-historia.html

viernes, 26 de agosto de 2016

La mujer pájaro

El día no comienza hasta que me tomo el café en el bar de Paco. Solo, sin azúcar. Éste es el único momento del día en que me permito un pequeño vicio. No me gusta hablar hasta que no lo acabo. Paco lo prepara al verme entrar por la puerta, lo coloca delante de mí y me saluda con un movimiento de cabeza. Si la noche anterior ha habido combate, no me deja pagar. Siempre me dice "Hoy no, campeón". No sé si viene a verme, nunca lo hablamos, pero sé que le gusta el boxeo. Hay fotos de Legra, Norris y Uzcudun en las paredes.

Llevo años tomando el café aquí, pero últimamente tardo más tiempo en irme. Hasta hace unos meses solía acercarme al parque al acabar, hasta que abría el gimnasio. Por los pájaros. Siempre me han gustado los pájaros, antes eran los únicos seres vivos que me interesaban. Me sentaba en un banco y los miraba. No me importaba el frío, si ellos estaban bien ¿por qué no iba a estarlo yo?

Un día ella entró por la puerta y no pude dejar de mirarla. Caminaba dando saltitos, con la cabeza ladeada. Ese día no fui al parque, ya no me hacía falta.

Nunca me ha mirado. Parece no ver lo que la rodea, excepto lo que le resulta necesario. Paco suele decirme: "Olvídalo, esa tía no es para ti". Nunca he pensado en hablarle. No sabría qué decir. No acabé EGB y a veces no encuentro las palabras que hacen falta cuando me hacen falta. No sé si es por los golpes.

Yo sólo la miro y me tomo el café. 

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miércoles, 10 de agosto de 2016

Polaroid

Encontró las primeras fotos en el buzón de su casa, camufladas entre la publicidad y los sobres con facturas. Tenía mucha prisa, aquel día llegaba especialmente tarde al trabajo y casi sin pensarlo, las metió en el bolso junto con el resto de la correspondencia y corrió hacia el garaje.
Cuando llegó a al oficina, las dejó encima de la mesa que compartía con Pili.
- ¿Desde cuando te dedicas a hacerte selfies tan extraños? Te aburres mucho, cariño  - comentó Pili mientras contemplaba aquellas polaroids desenfocadas, fragmentos del rostro y del cuerpo de Ana.
- No me las he hecho yo, estaban en el buzón de casa, las he encontrado esta mañana.
- ¿Y no sabes quién las ha dejado allí? Quizá te las ha enviado Hans...
Mateo se acercó a ellas:
- ¿Qué pasa, chicas? Vamos con retraso, tenemos la presentación a las 11, deberíamos salir ya.

Ana y Mateo se habían separado casi a la vez. Ana apenas llevaba un año casada con Julián y cuando él le pidió el divorcio, ella sólo pudo sentir un vacío repentino y la sensación de naufragar en un océano de preguntas sin respuesta. Mateo dejó a su novia y se volcó en consolar a Ana. Juntos se habían perdido en las calles de Madrid en las noches de aquel verano especialmente caluroso. Las horas y horas de confidencias, de lloros y risas culminaron en una noche de borrachera, de la que Ana apenas tenía recuerdos, en la que ambos se hicieron el mismo tatuaje en el interior de la muñeca y amanecieron juntos en la misma cama. Pili, embarazada de seis meses en aquella época, no les había podido acompañar durante esos meses de desenfreno y observaba con cierta envidia cómo cada mañana ambos llegaban a la oficina, ojerosos y con los ojos brillantes."¡Qué cabrones! Ya podríais esperar unos meses, para que me pueda apuntar a vuestras juergas" les comentaba. 

A finales de septiembre el calor había dado una pequeña tregua y un ascenso inesperado convirtió a Mateo en director del departamento. Ana pensó que una aventura con el que ahora era su nuevo jefe no era algo muy recomendable y decidió que su incipiente relación se convertiría en adelante en amistad. Tres meses después conoció a Hans en uno de sus viajes de trabajo a Alemania. Ahora, un año más tarde, la empresa acababa de aprobar su traslado a Düsseldorf y Ana estaba preparando la mudanza y su boda con Hans.

La fecha de su partida se acercaba y las fotos, variantes con pequeños matices de que las primeras que había encontrado, seguían llegando todos los días. Pili observaba con preocupación a Ana, cada día más nerviosa y delgada.
- Quizá deberías ir a la Policía - le comentó una mañana.
- Hans piensa lo mismo, pero a mí me parece un poco ridículo. ¿Qué les digo? ¿Que cada día encuentro en mi buzón fotos de mí misma? ¡Menuda amenaza! ¿Crees que me van a tomar en serio? La verdad es que ahora estoy demasiado ocupada, sólo quedan dos semanas para la mudanza y con todo el lío de la boda estoy agotada.
- Si quieres cancelamos lo de esta noche...
- Ni lo sueñes, me apetece mucho cenar con vosotros.

Aquella noche Mateo llamó a la puerta de Ana y ella sonrió al ver el ramo de flores y la botella de vino.
- Muchas gracias, no deberías haberte molestado. ¿Y Pili?
- Me llamó hace unos minutos, Curro tiene fiebre y finalmente no va a poder venir. Estaba esperando al médico. Me dijo que después te llamaría.
- Vaya... espero que no sea nada grave.
- Seguro que no, son sólo cosas de niños, ya verás.

Ana colocó las flores en un jarrón y las llevó al salón. Mateo, la observaba en silencio. Finalmente, le entregó un sobre, mirándola a los ojos con preocupación.
- Estaba encima del felpudo, lo he recogido antes de llamar -comentó- No sé si hago bien al dártelo, no quiero que te amargue la noche.

Ana cogió el sobre y se volvió para abrirlo. Sacó una única foto. En ella, una mano de hombre abarcaba el cuello de una Ana dormida, una mano con un tatuaje, el mismo tatuaje que ella tenía en su propia muñeca. Esa mano era la misma que ahora ella sentía en la nuca y que comenzaba a apretar lentamente, pero cada vez con más fuerza.
- Cada noche que pasé contigo intenté congelar el tiempo mientras dormías. Para ti fue algo fugaz, para mí eras mi vida - murmuró Mateo - ¿De verdad pensaste que iba dejar que te alejaras de mí?

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martes, 26 de julio de 2016

El peso del agua

Nunca me acostumbraré al frío” digo. Él me observa despacio, clavando sus ojos en mí como si me descubriese por primera vez, y sonríe casi a cámara lenta como solía hacer hace tiempo.

"En un cuarto de hora dejarás de sentirlo, ya sabes. El peso del agua amortigua las sensaciones, el silencio te aleja de tu cuerpo hasta que llega un momento en el que te olvidas de ti mismo para convertirte en el elemento que te rodea, te transformas en agua. La muerte tiene que ser algo muy parecido a esto”. Mala suerte, pienso, hoy tiene el día coñazo. Odio cuando se empeña en hablarme como a una niña, olvidándose de que ya llevamos más de cinco años trabajando juntos, de que yo conozco el fondo casi tan bien como él. Me cuesta sobrellevar esos días en los que, como hoy, se esfuerza en disfrazar nuestro vacío con metáforas, cuando me registra constantemente buscando algo dentro de mí, algo que ni yo misma encuentro.

Él canturrea aparentemente despreocupado mientras que ambos nos ponemos el neopreno, pero siento el peso de su mirada enganchada en mi espalda. Parece que no tiene prisa, se fuma un cigarro lentamente mientras repasamos juntos la documentación que llegó esta mañana a la empresa. La misión de hoy parece simple, sumergirse y buscar una caja fuerte en uno de los edificios y sacarla a la superficie. El GPS nos advierte de que hemos llegado a nuestro destino: nos encontramos justo sobre lo que en su día fue la Gran Vía. Le observo sin disimulo. Sé que no ha dormido y que ese temblor en las manos, esas que hace tiempo me conocieron tan bien, no presagia nada bueno.

Hay mucho lodo, hoy tendremos que bajar con mucho cuidado. ¿Sabes? Deberíamos volver a hacer algo ilegal, últimamente me aburro demasiado, desde que ganamos dinero con esto me gusta mucho menos... Madrid es un estanque sin carpas"

Te equivocas, le contesto, las del estanque del Retiro sobrevivieron a la Gran Inundación.

"¿Qué sabrás tú,? No tienes edad para recordarlo” me contesta sonriendo “ni siquiera conociste la ciudad seca. Esto es lo único que conoces, este arca del tesoro cubierta con una sábana plateada, aumentada hasta el infinito con una lupa borrosa".

Me coge de la cintura y por un momento parece querer bailar, pero se detiene bruscamente y de nuevo, sus ojos bucean en mis recuerdos.

¡Vamos! ¡A trabajar, mi sirenita! En el fondo nos espera la gran ciudad y sus luces de neón”.


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jueves, 5 de abril de 2012

Madrid III (La lógica del azar)

---Mensaje original------
De: cpablos@maddog.es
Enviado el: 1/07/11
Para: ellah@maddog.com
Asunto: Calma chicha

Me gusta mi ciudad en verano. Hay gente que dice que esto ya no es como antes, que ya no nos quedamos sólo cuatro gatos disfrutando del asfalto derretido y de las noches de gin-tonic. A mí todo eso me da lo mismo, yo estoy aquí y no rodeado de arena pegajosa o de vacas y mosquitos. La gente de más sólo pone una nota exótica: los disfraces de verano siempre me han sorprendido, las chanclas, las bermudas, las toallas en los parques…
Me gusta esta ciudad, casi inhabitable bajo el sol del medio día, el brillo decadente del sol inundando las tardes y la tregua que llega por fin con la noche.

---Mensaje original------
De: cpablos@maddog.es
Enviado el: 4/07/11
Para: ellah@maddog.com
Asunto: A vueltas con mi ciudad

¿Qué por qué vivo aquí? No he encontrado otra ciudad como ésta, tan fea, tan bella, tan acogedora, tan esquiva… Metáfora de mi propia alma, refugio o disfraz, simplemente supervivencia enlatada, mi día a día.
No espero nada de ella y ella está tan ocupada o tan perdida en conservar su desorden, que me deja instantes de calma, incluso de disfrute, tiempo para recorrerla sin sentirme espiado, sin sentir el peso de su nombre en mi mochila.

Si te pierdes en el centro pensarás que has cambiado de ciudad, de país, hasta de continente. Rascacielos de juguete o calles estrechas y empinadas. Aprendices de ejecutivo, locos y mendigos. Pasos de Semana Santa, manifestaciones y mezquitas. Una mezcla intencionadamente insensata, falsamente inocente, voluntariamente aleatoria.

Y ahora esta es mi casa.

---Mensaje original------
De: cpablos@maddog.es
Enviado el: 17/07/11
Para: ellah@maddog.com
Asunto: Desidia o derretirse en verano

Pasan los días, las horas, los minutos y siento que nadie hace ya nada por cambiar su entorno, sus circunstancias, ni siquiera lo que más nos molesta o disgusta. Parece que vivimos a un ritmo atenuado, en el que la velocidad es un somnífero para el dolor, un calmante para la responsabilidad, y que esta especie de letargo aumenta proporcionalmente con el paso del tiempo, como si se tratase de una regla de tres no escrita, vida-edad, trabajo-duración de contrato, pareja-años de relación.

No creo que estemos rodeados de malos profesionales, de malas personas, de gente insensible, prefiero pensar que la clave es la desidia. Yo soy el primero en apuntarme a la lista de damnificados-actores pasivos que componen esta lista negra de la que, créeme, no se libra nadie, aunque en ocasiones vea, sienta destellos de sensatez que intenten disuadirme de lo que ahora escribo.

No quiero recrearme en mi madurez (quizá la palabra menos galante sería vejez), pero el paso de los años me ha convertido en espectador de muchos acontecimientos, demasiados ahora que lo pienso, y el final que siempre nos oculta la historia (que siempre prefiere recrearse en los momentos más publicitarios, más televisivos) es que los ideales se pierden si no se practican, quedan inútiles como letra impresa en el fondo de un armario.

No pretendo hacer moralina, nada más lejos de mi intención que escribir el manual de uso y disfrute de la vida de los demás, pero sigo prefiriendo la testarudez inútil a la pasividad, aunque en ocasiones me haga pasar por un viejo ridículo.

Ya no trabajo, ni siquiera por dinero. Me he jubilado y he dibujado un ancla en Madrid. Pocas veces me he sentido libre, pero ya que no he podido ni puedo llevar las riendas de mi vida, me conformo con pensar que todo lo que he hecho y lo que hago son actos conscientes. Y esto, esta ciudad, es lo que he escogido.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Leyes inversas

No debería de acordarme. El exceso de recuerdos convierte la ley de la gravedad en una fuerza insoportable. De vez en cuando conviene hacer limpieza y eliminar peso, despegar los pies del suelo. Y yo solía hacerlo.
"Afortunadamente el tiempo pasa lo suficientemente despacio como para poder asimilar los cambios sin excesivo dramatismo y tan deprisa como para no pensar en las consecuencias. Pero no hay trampas, la vida siempre se acaba" me dijo. Esas fueron sus palabras exactas. Fijó los ojos en algún punto de la habitación, perdido en sus propios pensamientos y se olvidó de mí. Yo era consciente de que cualquier persona que hubiese estado a su lado en aquel momento, mirándole a los ojos como yo hacía, hubiese sido un interlocutor válido para él.
Era demasiado joven para entenderle, así que tragué sus palabras sin masticarlas y se quedaron pegadas en algún lugar de mi cuerpo, como otras miles de cosas a las que a primera vista no encontré utilidad.
Y ahora que ya casi no quedan granos de arena que se puedan escapar entre mis dedos, ahora que yo también estoy postrado en una cama mirando el techo como quien lee un libro de terror, busco la manera de resumir mi vida y huir de los silencios. Acabo de vomitar sus palabras, que seguían agazapadas en mi interior, intactas. No he aprendido nada en la vida: he tropezado y he vuelto a tropezar en todas las piedras que he encontrado en mi camino, he cometido tantos errores que necesitaría vivir más de cien vidas para poder corregirlos. Sin embargo, si mañana se acaba mi mundo, como probablemente ocurrirá, me pasaré toda la tarde buscando semillas para plantar un árbol. Bendito Luther.

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lunes, 29 de agosto de 2011

Canicas

Yo viajé a la luna. Conozco todos sus cráteres y cada uno de sus recovecos como si fueran los de mi propia mano. Ahora, en el destierro, los dibujo cada noche en mi cabeza, atando cada una de las pinceladas para que la red de mi memoria no se deshaga dejando que todos mis recuerdos vaguen perdidos sin remedio por el espacio infinito.
Ya no hay polvo en mis botas. Mis movimientos son bruscos, siento el peso de mi cuerpo como un lastre al avanzar por la habitación. Mi mirada ya no puede volar ignorando el tiempo, aquí el horizonte tiene que atravesar fronteras, choca contra ellas como las canicas con las que jugaba cuando era niño y que ahora colecciono sólo para poder recordar su superficie.
La miro a través de la ventana, bajo la luz tenue de la bombilla. Sonríe. No es una ilusión, siento cómo sus rayos pálidos destiñen mi cara con su brillo nacarado. En la habitación únicamente el tic-tac del reloj parece ajeno a su hechizo. Sé que ella espera paciente a que cierre los ojos para llenar de alucinaciones todos mis sueños.

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viernes, 8 de julio de 2011

Kamikaze

Sabía que le mentía, pero sentía curiosidad por comprobar hasta dónde sería capaz de llegar, por saber si su estrategia sería lo suficientemente inteligente como para imaginar que podría ganar su confianza. Sabía que ella no lo necesitaba, aquella mentira era innecesaria y pueril, pero eso únicamente conseguía aumentar su curiosidad. También era consciente de que él mismo, desde aquel momento, se estaba implicando en el engaño. Hacerle creer que la creía le convertía a él en un mentiroso, pero sintió que por alguna razón le gustaba ese papel. Cerró los ojos durante un segundo, casi imperceptiblemente. En realidad estaba cerrando un acuerdo consigo mismo: llegaría hasta el final, estuviese donde estuviese. Ahora se sentía a salvo viendo la situación desde una altura que convertía cada instante en un simple fotograma, pero sabía que se dejaría caer en picado sin dudarlo ni un solo instante si llegara a ser necesario.
Ella era buena, era innegable, una profesional del engaño si es que aquello existía. No había nada que a primera vista la delatase. Jugaba con las palabras, retrocedía deliberadamente cuando no era necesario dejando el hueco preciso para que él se acercase. ¿Sabría ella que jugaban al mismo juego? Nada lo hacía sospechar, pero era consciente de que sólo era apariencia. No era más que una mentira, dos mentiras.


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lunes, 27 de junio de 2011

Juego de espejos

La conferencia había tenido lugar en el salón de actos de la Fundación. El ponente, un anciano francés superviviente del campo de concentración de Mauthausen, había emocionado al público con sus palabras, tranquilas y sosegadas a pesar de la intensidad de lo que relataba. Resultaba sorprendente en su discurso su creencia ciega en la humanidad, su firme convicción en la bondad del ser humano por encima de sus propias experiencias, tan duras que resultaban casi increíbles de imaginar.
Mi trabajo había resultado sencillo y gratificante: normalmente la interpretación requiere tanta concentración que no permite al traductor disfrutar de la propia conferencia, pero en este caso el orador me lo había puesto muy fácil. Yo aún estaba en la cabina recogiendo mis cosas, cuando él se acercó para darme las gracias, algo nada habitual en mi trabajo.

- Tiene usted una voz preciosa - me dijo el anciano en tono amable. Sus modales eran impecables - ¿Tendría tiempo para tomarse un café conmigo?

No suelo aceptar ningún tipo de invitación en el trabajo, pero aquel hombre fue tan sumamente educado que no supe negarme sin resultar descortés. Además, sentía admiración y curiosidad por él, sus palabras durante la conferencia me habían impresionado y sorprendido. Marcos no salía de su guardia hasta dos horas después, tenía tiempo de tomarme aquel café y después acercarme al hospital e irnos a cenar juntos.

La conversación resultó interesante desde el primer instante, tenía la sensación de que aquel hombre había vivido la vida intensamente. Hablaba apasionandamente de sus experiencias, pasadas y actuales, de sus conferencias, de sus nietos, de su casa en La Rochelle y escuchaba mis repuestas a sus preguntas sobre mi vida y mi trabajo con el mismo nivel de interés. A pesar de que debía de tener más de ochenta años había algo en su interior, una vitalidad inusitada que desbordaba aquel cuerpo anciano, un brillo en sus ojos que yo había visto en muy pocos jóvenes.

Me moría de ganas de hacerle la pregunta desde el inicio de la conversación, pero tenía miedo a romper la magia de aquel momento, mezclar el optimismo de sus palabras con recuerdos de la pesadilla que había vivido.

- Adelante - me dijo - pregúnteme.

Sonreí.

- Parece que mi curiosidad es difícil de esconder - contesté.

- Se lo pondré fácil, no hace falta que me pregunte directamente, creo que sé lo que quiere averiguar. Y le voy a contar una historia que espero le resulte clarificadora. Se llamaba Sara y era mi vecina. Tenía cinco años más que yo y me pasé toda mi niñez y adolescencia soñando con ella. Me gustaba oír cómo cantaba, su voz se colaba desde la cocina de su casa directamente hasta mi habitación. Tenía la voz más hermosa que yo haya escuchado nunca. El día que se casó fue uno de los más amargos de mi vida. Lloré hasta perder el sentido y créame, no se trata de una expresión hecha. Llegaron tiempos convulsos y tanto mi familia como la suya sufrimos las consecuencias. Tras las detenciones nos deportaron a todos a Mauthausen. Yo, como conté, tuve la suerte de ser lo suficientemente fuerte como para poder trabajar en la cantera. Ella sufrió mucho más, a los tres meses pesaba menos de treinta kilos, pero nunca dejó de cantar. Imaginármela cantando en su barracón era lo único que me daba fuerzas para seguir viviendo. Un día, en el patio, uno de los oficiales comenzó a golpearla sin ninguna razón, como solían hacerlo. Ella siempre fue una mujer valiente, nunca retrocedía, nunca se callaba, nunca se doblegaba. "Soy un ser humano, ¿lo entiendes, hijo de puta?" le gritó. Desafortunadamente el oficial comprendía el francés. La arrastró al centro del patio y mandó que sacasen un espejo de cuerpo entero. Agarrándola por los hombros, obligó a Sara a enfrentarse con su propia imagen, la de un esqueleto con el pelo rapado y los ojos hundidos, un despojo cubierto de sangre y harapos. "¿De verdad eres un ser humano?" le preguntó el oficial mientras ponía en las manos de Sara su pistola. No pude apartar los ojos de ella y ver como introducía el cañón de la pistola en su propia boca y disparaba. Al principio me negué a entender cómo había podido hacerlo, cómo había podido dispararse a sí misma, ceder ante el engaño del espejo y de las palabras de aquel hombre. Pero no tardé mucho tiempo en comprenderla. Decidí vivir por ella, con más fuerza aún que cuando estaba viva, como si el engaño nunca hubiese existido, como si aún pudiese escuchar su voz. Nunca me he rendido, nunca nos hemos rendido.


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martes, 21 de junio de 2011

De opciones y prioridades

Me fui, es cierto, pero no fue algo planeado. Simplemente un día, al coger las llaves, me dí cuenta de que me sentía feliz sólo por el hecho de seguir vivo y que esa felicidad no dependía de ti. Nunca el respirar me pareció algo tan hermoso como en aquel momento. Así que decidí seguir a tu lado, viviendo sin ti.
Viajé a lugares a los que jamás quisiste acompañarme, sin moverme de tu lado. Viví los sueños que no compartiste, amé como no me dejaste amarte, encontré la felicidad sin la sombra de tu nombre.
Pero ahora que las luces comienzan a difuminarse y que las manos que toco cada vez están más frías, siento nostalgia de los momentos que no existieron, aquellos en los que los días se reflejaban en tu mirada, en los que la vida tenía sentido sólo por ti.

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viernes, 10 de junio de 2011

Riesgo cero

No sé. Y que conste que me gustaría saberlo. No se trata de que no lo haya intentado, he pensado mucho en ello, pero temo tomar la decisión incorrecta y tener que vivir con ella sentada perpetuamente sobre mi hombro, recordándome sin cesar que ella no es la que debió ser elegida. La sombra de los errores nos acompaña siempre, es tinta indeleble sobre nuestra piel. Y yo odio los tatuajes. Hay tantas opciones, tantas posibilidades, que me consume tener que reducir mi vida a una sola respuesta y aceptar el destino que conlleva, soportar el peso adicional que supone el tener que llevar la cabeza alta, estar satisfecho con la etiqueta que llevo sobre mi frente: "Esto lo he escogido yo". Demasiada presión, demasiada inversión para que finalmente me sienta irremediablemente decepcionado, infinitamente insatisfecho.

Coño, otro día que me vuelvo a casa sin comprar el periódico.

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lunes, 6 de junio de 2011

Efímera

Recibí la foto el domingo, escaneada en un correo electrónico de mi hermano. "Sister, sé que te va a encantar. Por fin tienes la respuesta a todas tus preguntas. Cuídate flaca".
Me suelen poner nerviosa sus mensajes crípticos, pero al abrir la foto lo entendí todo.
Mi tía, la única superviviente de los trece hermanos de mi padre, había fallecido hacía apenas un mes, con más de cien años, dejando tras de sí únicamente un piso abarrotado de recuerdos, libros y fotos. Una preciosa jaula llena de pájaros de papel, en palabras de mi hermano.
El viernes anterior había recibido su mensaje: "¿Te animas a bucear entre el polvo? Yo pongo el antihistamínico, tú trae el vino". Pasamos todo el sábado en su piso, mirando fotos antiguas, buscando parecidos, contando viejas historias, hablando de ella. Desde un antiguo marco situado sobre la mesa, una joven hermosa y sonriente nos observaba divertida, retirándose el flequillo con una de sus manos y sujetando la raqueta como si el juego estuviese a punto de comenzar por siempre.
"No estés triste, sé que ella habría disfrutado con esto. Seguro que ahora estaría ideando algún comentario malévolo para hacernos reír, como solía", me dijo mi hermano al despedirme mientras limpiaba las lágrimas mezcladas con polvo de mis mejillas.
Ya en el taxi, hipnotizada por el paso imparable de las luces de la ciudad, no pude evitar enviarle un mensaje: "¿Crees que mereció la pena? De verdad, ¿merece la pena? No me contestes, sé que tu respuesta no me va a consolar".
Pero ahora, mientras observo esa mirada congelada milagrosamente en el tiempo, los ojos que tantas veces la observaron y amaron, tengo la absoluta certeza de que me equivocaba. Sé que mereció la pena.

martes, 17 de mayo de 2011

Deadlock

- Mamá, hay un niño dentro de mi cabeza que no para de hablar...
- Cariño, a eso se le llama voz interior, son tus pensamientos. En realidad eres tú mismo.
- Pero ese niño es muy raro y nunca se cansa. Es un pesado, a veces no me deja dormir.
- ¡Para que luego digan que no tienes imaginación! No te preocupes mi amor, ya verás, con el tiempo el niño se callará.

Pero no, el niño no se calló. Sigue ahí cuarenta años después, aunque ahora su voz es la de un adulto. Sus observaciones, sus palabras, sus risas y sus comentarios me acompañan en cada gesto cotidiano. He de reconocer que es un personaje divertido, ocurrente. Y mucho más culto que yo. Pero esa voz no es la mía, ese no soy yo: es un intruso, un okupa en mi vida.

Hoy, sin previo aviso, todo ha cambiado: hace apenas unos minutos, mientras estaba tumbado en el sofá, noté cómo la voz se desdoblaba creando un eco extraño. Al levantar los ojos del periódico le ví en la televisión. Mi voz por fin tiene cara. Ese personaje histriónico que llena la pantalla, él es mi voz.

Y de repente lo he comprendido todo, las cosas han recobrado el sentido que siempre debieron de tener.

Necesito conocerle, tengo que verle. Tengo que hacerle comprender que la voz que le acompaña en sus silencios, en sus noches, esa voz no es la suya, sino la mía. Y que la voz a la que él seguramente echa de menos cada día vive dentro de mí. Todo ha sido una confusión, un defecto de fábrica. Un simple error de programación.

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martes, 10 de mayo de 2011

Informe sobre verdades probables

Tener 15 años es un auténtico coñazo y quien diga lo contrario o es demasiado viejo para acordarse o es un enano y aún no ha pasado por ello. No es por hacerme la chula, lo mío es mucho peor que lo de mis amigos. Estoy acostumbrada a que me observen y ya casi no me importa. La gente me mira siempre, unos con descaro, otros más disimuladamente, pero sus miradas siempre están ahí. Bueno, no me miran a mí, supongo que imaginan esa parte de mí que no existe. Sacan conclusiones. "Pobrecilla". No tienen ni puta idea. Sólo porque al final de mi brazo izquierdo no hay mano. Sé que te has fijado a pesar de que has intentado mirarme a los ojos desde que he comenzado a hablar. Puedes mirar, ya te he dicho que no me importa. Nací así. Simplemente. Podría haberme faltado otra cosa o nada en absoluto, pero no, fue eso.
Tío, no necesito un psicólogo. No entiendo que ese capullo me haya mandado aquí sólo por eso. Yo no tengo la culpa de que esa tía comenzase a potar mientras le contaba la historia. Eso sí, se lo merecía. Una historia asquerosa a cambio de su mirada, que fue más asquerosa aún. Es lo justo ¿no? Además, podría haber sido verdad, me la podrían haber amputado ¿quién dice que no?
Joder, no he hecho nada malo, ¿de verdad vas a llamar a mis padres?

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jueves, 28 de abril de 2011

Hablando de sombras

Dicen que ese que me mira con expresión sorprendida desde el espejo es alguien a quien debería reconocer, pero no logro identificar esa imagen, esos ojos vidriosos que sólo anuncian una tristeza infinita. Le miro detenidamente todos los días mientras me cepillo los dientes: una figura agónica, aplastada por su propio peso, rendido, vencido, dominado. Él ha aceptado la derrota, hace tiempo que dejó que el dolor celebrase su triunfo destrozando todo lo que encontró a su paso. Pero yo no. Hay algo dentro de ese ser, más fuerte y resistente que él mismo, que es totalmente ajeno a esa imagen de engendro decadente, a esa pintura carcomida que se esparce como un hongo sobre la superficie brillante que tengo enfrente. Y ese algo soy yo mismo, luchando por encontrar un atisbo de brillo, una sola señal que anuncie que por fin he logrado resquebrajar la mortaja en la que ahora habito.

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lunes, 18 de abril de 2011

El ciervo que cruzó la carretera

- Aquel ciervo me miró. Detuvo sus ojos sobre mí y buscó sin vacilación los míos. Se quedó quieto en medio de la carrera y de repente todo se tiñó de silencio. Ni siquiera vaciló al sentir el frenazo, el asfalto se cubrió del fotograma de su figura impávida detenida a penas cinco centímetros de mi coche. El sonido de su respiración y el halo de su aliento perdiéndose en la oscuridad fueron durante unos instantes la única medida del tiempo. En sus ojos, gélidos como aquella noche de marzo, una indiferencia brutal, el peor disfraz del desprecio. Me hundí en el asiento del coche, temeroso como cuando aún era un niño. Y ahora soy incapaz de borrar esa mirada acusadora de mi mente. El peso de su imagen me persigue día y noche…
- Que sí, tío, que sí, que ese puto ciervo te miró, pero me vas a pagar la pizza de una vez ¿si o no?


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viernes, 15 de abril de 2011

La lógica del caracol

"... Se dirigió hacia la puerta, sintiendo aún el anzuelo de su mirada sobre la nuca. Al abandonar la casa se sintió ligero, aliviado por fin, libre sin el peso de los recuerdos sobre su memoria. Sólo entonces fue consciente de que no volvería a verla más."
Pasó la hoja incrédula: aquel era el último capítulo, no había ni una sola palabra más. Cerró el libro con un golpe seco que despertó al gato que descansaba a sus pies.
- Pues vaya una mierda de final - dijo en alto.
El animal la miró durante un breve instante para volver a cerrar los ojos lentamente.
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lunes, 28 de marzo de 2011

La cita

Se bajó del taxi visiblemente desorientado. El día se había vuelto repentinamente oscuro y le costó adaptarse a la nueva luz. Las imponentes moles de los edificios institucionales apenas dejaban adivinar pequeños retazos de cielo y los débiles rayos de sol llegaban deformados por el reflejo de las miles de ventanas que se repartían como en una colmena a lo largo de toda la avenida.


Llevaba la carta en el bolsillo. Se había pasado todo el trayecto doblándola y desdoblándola, releyéndola una y otra vez sin llegar a descifrar por completo su significado. Lo único que parecía claro es que la cita era en aquel edificio en menos de cinco minutos. Cogió el ascensor y se dirigió a la planta que aparecía indicada en el papel.

La sala de espera estaba vacía. Miró a su alrededor, en busca de alguien que le pudiese orientar, pero no vió a nadie. En toda la planta reinaba un extraño silencio. Se sentó en el borde de uno de los asientos, sin saber muy bien qué hacer.

La puerta se abrió repentinamente. Un hombre grande, grueso y con bigote se acercó hasta donde se encontraba con una enorme sonrisa en la dibujada cara:

- ¿El señor Pérez?

Él asintió.

- Pase conmigo, por favor - continuó mientras le daba un fuerte apretón de manos.

El despacho no le pareció diferente del de otros abogados a los que había visitado en otras ocasiones.

- Pero siéntese, por favor, póngase cómodo.

Se sentó y, tratando de mantener la calma, colocó la carta sobre la mesa, procurando dejarla lo más estirada posible.

- Yo he recibido…

- Vamos, vamos, dejémonos de formalidades. Sé que ha leído la carta. ¿Ha entendido el contenido?

- Pues no, sinceramente, no estoy acostumbrado a esta terminología y no entiendo muy bien de qué se trata… Yo creo que no tengo ningún asunto legal pendiente…

El hombre sonrió, tensando las mejillas, en un gesto que a él le pareció más escrutador que amistoso.

- El asunto es claro y creo que dadas las circunstancias no es necesario andarse con rodeos: está usted muerto.

- ¿Muerto? ¡Pero qué dice! Esto debe ser una broma…

El hombre permaneció unos minutos en silencio y le dejó hablar, gritar, protestar, tartamudear hasta que se le agotaron las palabras. Su expresión indicaba que estaba acostumbrado a aquel tipo de reacciones y sabía bien cómo gestionarlas.

- Sr. Pérez, sé que éste no es un momento fácil de asimilar. Tómese su tiempo. Yo estoy aquí aclarar todas sus dudas.

- ¡Yo ví morir a mi padre! La muerte no es esto...– protestó.

- Sr. Pérez, aquí hacemos las cosas bien, procuramos minimizar los momentos más incómodos. Sólo en algunas desafortunadas circunstancias, incontrolables incluso para nosotros, el sufrimiento externo dura más de lo esperado y desmantela nuestros mecanismos de aislamiento. Pero créame, nuestro Departamento de Desarrollo trabaja cada día para que nuestros clientes no lleguen nunca a ser conscientes de ese trance. Los resultados son cada día más positivos y alentadores.

- Quiere decir que ahora me podría estar muriendo…

- Falleció hace exactamente diez minutos.

- Y ¿ahora qué? – gimió el hombre desconsolado.

- La muerte es un trámite, Sr. Pérez, un paso administrativamente necesario. Pero también es el momento de tomar decisiones.

- ¿Decisiones? ¿De qué tipo?

- ¿Qué quiere hacer ahora? ¿Qué tipo de eternidad quiere vivir?

- Yo… ¿yo puedo escoger eso?

- Por supuesto, Sr. Pérez. Y dígame ¿qué le gustaría? ¿Alas? ¿Ángeles y demonios? Todo un clásico… ¿Algo más futurista, quizá?

- Yo sólo quiero volver a mi vida, estar como estaba.

- ¡Perfecto! ¡Sin ningún problema! Todo está preparado, sólo tiene que firmar.

- Usted lo sabía…

- Nunca fallo, amigo –sonrió - nunca fallo. Dentro de cinco años recibirá una nueva citación y renovaremos las condiciones de su eternidad. ¡Ahora disfrute y sea feliz! No se preocupe por nada más, su taxi le espera en la puerta.

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viernes, 11 de marzo de 2011

Precious and fragile things...

Te miro sin verte, perdido en la nada que mis ojos a fuerza de tanto observarte han creado para ti. No confío en mi criterio, ni en la realidad envuelta en papel de periódico, sé que es posible que sea yo la que delire. Oigo el sonido de tu respiración y siento tu aliento sobre mi piel, como un anzuelo. Física de lo absurdo, matemáticas para ciegos. Llevo tantas horas sin dormir que la luz que apenas se filtra a través de la ventana resulta tan dolorosa como los aguijones de miles de insectos invisibles.

Quiero atrapar este momento para siempre, prolongarlo aún a sabiendas de que se convertirá en una agonía infinita, mejor eso que renunciar a la sombra que crea tu cuerpo contra la pared. Mi mano se mueve hacia el lugar donde mi cordura desaparece y mis dudas se hunden bajo tu peso, pero sé que no encontrará más que las sábanas arrugadas y el dibujo extraño que el fin de esta madrugada agónica ha trazado sobre la cama.

“Aún estoy aquí” murmuras. Quiero contestar, pero no puedo. “¿Vas a dejar que me marche?” insistes.
Mi boca se abre lentamente y lucho sin éxito por encontrar entre mis pensamientos un hilo del que tirar, una pedazo de música, la melodía justa para contestar a tus palabras. Aún no estoy preparada para decirte adiós.

Photo source: http://www.flickr.com/photos/scharwenka/5411489005/in/photostream/ Autor: Juan Luis García (¡Mil gracias Juan !)

sábado, 5 de marzo de 2011

La petite marchande d'histoires

No sabría calcular su edad, nunca se le dio bien definir a las personas por su aspecto, menos aún encasillarlas dentro de un rango de edad, pero suponía que era joven, lo cual visto desde la perspectiva de sus setenta años no aportaba mucha información.
El edificio estaba en la zona más antigua del centro de la ciudad. La mayoría de las viviendas estaban alquiladas y él hacía tiempo que había renunciado a intentar recordar las caras de sus vecinos.
Sin embargo, ella le llamó la atención, antes incluso de oir su voz. La chica vivía justo encima de su casa y la encontraba a menudo en el descansillo, siempre acompañada de un enorme perro negro. La primera vez que la vio pensó que era un chico: era extremadamente delgada, llevaba el pelo muy corto y los brazos llenos de tatuajes, pero su voz sonó tan dulce cuando contestó a su saludo, que no le quedó ninguna duda, estaba claro que era una chica.
Aquella misma noche, mientras cenaba, escuchó de nuevo su voz colándose por la ventana a través del pequeño patio de luces, recitando a Pavese: "Verrà la morte e avrà i tuoi occhi..." Se quedó paralizado, incapaz de seguir comiendo, con miedo a que el más mínimo ruido lograse que alguna de sus palabras se perdiera para siempre.
Al día siguiente, a la misma hora, abrió la ventana con la esperanza de volver a escucharla. Pasaron varios minutos y cuando ya había perdido la esperanza, el sonido de su voz inundó la diminuta cocina: "Esta sonrisa que me llega como el poniente / que se aplasta contra mi carne que hasta entonces sentía / sólo calor o frío". Panero. Increíble, pensó, mientras absorbía todas y cada una de las palabras, que parecían pensadas y escritas exclusivamente para aquella voz.


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viernes, 11 de febrero de 2011

Alejandro (Can you dance like that?)

- ¿Qué haces?
- Busco ideas para mis coreografías - contestó sin prestarle demasiada atención.
La mujer se sentó a su lado, limpió cuidadosamente sus gafas y contempló la pantalla con curiosidad.
- ¿Quién es esa? - preguntó.
- Se llama Lady Gaga. No estoy seguro de que esto te vaya a gustar mucho, abu - comentó, mirándola fijamente. La mujer seguía observando atentamente la pantalla sin hacer comentarios.
- La canción se llama Alejandro - dijo el joven después de un rato.
- Sí, ya, es lo único que he entendido de lo que decía... Esos chicos bailan muy bien.
- Sí, es cierto, bailan muy bien. ¿De verdad te gusta?- respondió sorprendido. Ni remotamente se hubiera imaginado que a su abuela le pudiera interesar algo parecido.
- Sí - contestó ella.
 - Espera, te voy a enseñar otro vídeo. Esta vez es una coreografía de otra canción de Lady Gaga, Telephone. Dime qué te parece... Creo que esta noche voy a hacer algo similar.
Contemplaron el vídeo juntos, sin decir una sola palabra.
- ¿Tú puedes bailar así?- comentó la mujer asombrada al acabar el vídeo.
- Ja, ja, ja... ¡Lo intento!
- ¿Puedo ir a verte?
Él la volvió a mirar con curiosidad.
- No sé si te gustará, pero me encantaría que vinieses. Empieza un poco tarde, a las doce.
- ¿De la noche?
- Claro - contestó él sonriendo.
A las doce menos veinte cogieron juntos un taxi en dirección a Chueca.
Aquella noche soñó  que era ella la que se movía sobre las baldosas blancas y negras, sintiendo el frío en sus pies descalzos y el calor de cada movimiento en todo su cuerpo. Nunca en su vida se había sentido tan feliz.


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miércoles, 9 de febrero de 2011

Anonymous

Nunca contaron con él para nada, así que no se sorprendió cuando le dijeron que no iría. No se molestó en replicar, tampoco quería exteriorizar la alegría que sentía: procuraba que ellos ignorasen que se hubiese sentido incómodo si por alguna extraña circunstancia se les hubiese ocurrido incluirle en los planes oficiales. De hecho, odiaría que hubiesen contado con él para cualquier tipo de plan. Aún recordaba con horror los primeros días, aún novato en la empresa, en que acompañó a sus compañeros a la bolera al finalizar la jornada de trabajo. Nadie se molestó en preguntarle si sabía jugar o no. Arnie se dedicó a pavonearse delante de él, con la excusa de enseñarle cómo se tiraba la bola. Dos horas el primer día. Dos más el segundo. Llegó la hora de irse a casa, ni siquiera había tenido la ocasión de pisar la pista. El tercero no volvió: decidió que aquel no era un buen plan para el campeón de bolos de su estado. Demasiado tarde para explicárselo.
En un principio no se alejó de forma consciente, sólo sentía tedio y aburrimiento. Con el tiempo se había dado cuenta de que la situación tenía más ventajas que inconvenientes, él lo veía así: ellos ignoraban todo lo que le concernía, a excepción de su trabajo, y él a cambio se sentía libre de presiones, con el tiempo y los medios suficientes para hacer lo que realmente le interesaba. Nadie se extrañó de su actitud. Al fin y al cabo, él sólo tenía 17 años, la mayoría de sus compañeros como mínimo duplicaban su edad y sólo veían en él a un mocoso listillo, el becario que su jefe les había impuesto.
La planta estaba prácticamente vacía. El Annual Enterprise Technologies Summit se celebraba en Cancún ese año, la excusa perfecta para la mayoría de los desarrolladores para pasar cuatro días de playa, sol y bebidas con sombrilla. Sonrió. Abrió su portátil y se conectó a la Colmena.

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viernes, 14 de enero de 2011

I, robot

- No estoy programado para emitir opiniones - contestó su voz metálica.

"No estás programado para emitirlas, pero menos aún para procesarlas" pensé, pero no dije nada. Por suerte en algún momento de la conversación – ¿se podía calificar de esa forma? - con mi compañero había activado el modo "Ahorro de energía" en mi mecanismo. El tiempo se ha encargado de demostrarme que esa es también la opción “Ahorro de cabreos innecesarios”, pero en muchas otras ocasiones es el modo “Me siento gilipollas”. En ocasiones es mejor no hacer balance al final del día, mejor acostarse (me hace ilusión pensar que podría hacerlo) y dejar las reflexiones para el día siguiente, como Scarlett O’Hara. No sé quién me programó, pero su gusto cinematográfico era bastante dudoso… Por no opinar sobre su criterio: ¿Para qué dotar a un robot de sentimientos? ¿Para hacerle partícipe del sufrimiento humano? Con conocer la teoría era suficiente, no era necesario integrar la práctica. Alguien debería decirle a ese tipo que su idea ha sido un completo fracaso.

- Fallo en el sistema – anuncia mi compañero.

- ¡Sonríe, hombre! Deberías probar, a lo mejor te sorprendes – le contesto, pero su expresión ausente y el brillo metálico de su carcasa me confirman lo que ya sabía, mi sugerencia no obtendrá ninguna respuesta.

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martes, 4 de enero de 2011

Pasado simple

Nochevieja. La casa de Martín no estaba adornada como la mayoría de las del vecindario - "por suerte", no hubiera dudado en añadir él - pero era innegable que había ambiente. Cuando llegamos ya no quedaba ni un solo sitio libre en los amplios sofás. Pasamos directamente a la cocina, como de costumbre, un privilegio del que sólo disfrutábamos los más íntimos.
- ¿Vino? - me saludó Martín mientras me besaba en la mejilla y cogía las botellas, envolviéndome en un abrazo.
- Por supuesto, ¿esperabas algo diferente?
- Pas du tout, ma chérie. Hoy no hueles a ti ¿has cambiado de perfume?
- Ja, ja, ja. No sólo de perfume...
- Sí, ya he visto. Nuevo acompañante, muy guapo, por cierto. Ahora entiendo ese brillo en los ojos, preciosa - comentó, bajando la voz.
- Tampoco me refería a eso, pero veo que eres observador... - le contesté con un guiño - Tenemos nuevo contrato, pero luego te lo cuento.
- Noooo, me lo cuentas a-ho-ra. Me tienes en un sinvivir, honey.

Las doce menos diez, un año después. La gente se agolpa en la sala, la misma sala. Estamos prácticamente los mismos, pero hoy sin Martín. La voz de Michael Stipe ("Nightswimming deserves a quiet night ...") se niega a desvanecerse entre las conversaciones, los brindis y el ir y venir de todos aquellos que nos hemos reunido para celebrar algo más que este fin de año. Mario me mira fijamente desde la otra esquina de la sala y eleva su copa en un gesto de complicidad. Durante un segundo no puedo evitar maldecir al falso personaje de Waugh, Martín/Sebastian, atormentado y voluntariamente condenado, para borrar al instante de mi recuerdo ese lado sombrío que sólo mostraba cuando los focos no le iluminaban, y volver a sonreir, envuelta en la seguridad que confiere la frivolidad: al fin y al cabo hoy estamos todos unidos en torno a su recuerdo. Vino tinto y la suave decandencia del año que agoniza.

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jueves, 23 de diciembre de 2010

La puerta abierta

¿No has pensado nunca en dejarlo todo, en hacer desaparecer para siempre ese yo incómodo que te ha tocado en suerte? Después de todo, ¿quién va a acordarse de ti? ¿Tu vecino, el panadero, tu gato? Y en el remoto supuesto de que alguien te recuerde ¿serás realmente tú el que se reflejará en su recuerdo? Siempre he desconfiado de las imágenes, sé que la realidad no existe y que todo está deformado por la mirada del otro. ¿Por qué permitir que sean los demás los que me recreen si yo mismo puedo hacerlo de modo más eficaz, mil veces más efectivo? ¿Por qué resignarme a vivir con lo que me ha tocado en suerte si puedo diseñar un pasado, un presente y quizá un futuro a mi medida?
La vida, mi vida, me aburre. Quiero abrir un agujero en esta capa que me rodea como un globo, demasiado pequeño, demasiado asfixiante. Soy un hombre de acción, no puedo consolarme con los planes que todas las noches me arropan al irme a la cama. En esas noches que no acaban, veo la tele para distraerme, para conciliar el sueño que tanto tarda en llegar: allí están los pedazos de la vida que querría tener, dispersos, camuflados en las series, los anuncios, las noticias... La casa que no tengo, el coche de mis sueños, los hijos a los que querría abrazar, las mujeres a las que deseo. Simplemente se trata de juntar las piezas, recomponer el puzzle, crear lo que debió ser y no fue. Y sé que ahora es el momento.

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viernes, 10 de diciembre de 2010

El hombre invisible

Soy viejo. Viejo. No tiene vuelta de hoja. Para la mayoría de la gente sólo soy un hombre diluido entre la multitud, un ser que huele a rancio, a pasado. Piel arrugada, ojos vidriosos y cansados. Y sin embargo... Sin embargo, veo volar mis pensamientos como cometas, mezclados con los de los demás, chocando contra en el techo del autobús: apuesto a que no sabrías distinguirlos de los de esa chica - ¿veinte años? lo dudo... - que mira distraída por la ventanilla. La esperanza - tan ambigua, tan ilusa, tan vaga- debería perderse en las cañerías de los años, quedarse rezagada en las esquinas oscuras de la vida. Pero no. Aún siento sus cosquillas y no, no es el reuma. ¿Esperanza? ¿Por qué, de qué, para qué? ¿Realmente importa? Es lo que siento, sin más.

Por las mañanas mientras hago recuento de mis órganos, de lo que parece funcionar igual que ayer, o de lo que ha empeorado, me entra esa risa floja. Sí, esa sin sentido, la risa que no puedo ni quiero dominar. Y me imagino cómo moriré. No, no es eso: sé cómo moriré. No soy un hombre de infartos grandilocuentes, de cánceres invasivos y contundentes. Me veo desaparecer cada día, desvanecerme entre la gente - que total, ya no me ve - mientras me elevo, invisible, y me río a carcajadas, embadurnado sin remedio de esperanza.

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viernes, 22 de octubre de 2010

Operator

Trabajaba de operadora en una compañía de telefonía durante toda la noche, cinco días por semana. Tras varios años viviendo a la inversa que el resto de la gente su cuerpo se había acostumbrado pero su cabeza no. Por el camino había dejado amigos, el color natural de su piel y la capacidad de dormir siete horas seguidas. Durante un tiempo intentó cambiar de turno, tantas veces que perdió la cuenta, todas ellas sin ningún éxito. Se había ofrecido para realizar las llamadas que nadie quería hacer, reclamaciones de facturas y ofertas de nuevos productos, pero su jefe había insistido en que su voz no valía para la venta ni para las reclamaciones. Su tono resultaba demasiado suave y amable. La única opción disponible para ella, según su opinión, era Atención al Cliente, donde los turnos de día ya estaban ocupados por otros operadores que llevaba muchos más años que ella en la compañía.


La mujer llamaba todos los días a las once y media y siempre desde un número oculto. Por su voz calculaba que tendría más de 70 años. Si ella no cogía la llamada, sus compañeros se la transferían. Preguntaba invariablemente por ella, por nombre y apellidos.
- Ana, para ti.
- Buenas noches… - nunca le dejaba acabar la interlocución que la compañía imponía como saludo.
- Hija, tienes la voz muy cansada… Mira que te digo que descanses, que duermas…
- Señora, insisto éste es el servicio de atención al cliente de … - los primeros meses había tratado de convencerla de que se equivocada, hacía años que había desistido y prefería contestarla sólo con monosílabos o frases cortas. Su supervisor lo aceptaba como una de las miles de rarezas que inundaban los turnos de noche.
- Pues mira, yo acabo de cenar, mi sopita y el filete. El carnicero siempre igual, me quiere dar lo que él quiere, pero ya se lo he dicho, como no esté bueno se lo llevo al día siguiente, pasado por la sartén.... ¿Tú qué tal has cenado, hija?
- Bien....
- Ya, ya, que siempre me dices lo mismo y estás casi en los huesos. Y ya sabes que a los hombres no les gusta eso…
- Pero…
- ¡Nada de peros, que ya nos conocemos! Venga, hija, te dejo, que tendrás detrás a tu jefe. Deberías ver la luna, qué bonita está hoy… Me voy a la cama. Me he comprado el libro de Elvira, qué bien que está... Muchos besos cariño, te llamo mañana.
- ¡Buenas noches!
- ¡Tú siempre tan seca! Muchos besos, hija mía, duerme bien.

Era miércoles, las doce de la noche y por primera vez en cinco años, aún no había llamado.


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viernes, 1 de octubre de 2010

Claustrofobia

La llave cierra la puerta de la entrada, un día tras otro.

El reloj estampado en la pared. Su voz dormida, desesperada, errante, perdida. El pulso en las muñecas, la música en sus dedos, cuenta hasta perder el sentido. La luz colándose a través de la persiana, el polvo bailando entre las rendijas, en sus ojos, en sus pestañas.
La habitación, cada vez más pequeña, el calor imaginario, el frío inventado, la nada absoluta. Los recuerdos como una pelota, golpeando cada esquina, el suelo, el techo. La habitación gira, sin parar y de repente se detiene. No existe, ahora de verdad y para siempre.
El sonido de la llave escarbando de nuevo en la puerta de la entrada. Sobresalto. El sabor en su sangre de la droga que ya conoce: el miedo, el ansia, el odio y el hastío.

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viernes, 17 de septiembre de 2010

Window pane

Tenía la sensación de haber pasado media vida sentado delante de aquella ventana, desde la que a penas alcanzaba a ver más que la esquina de la calle, casi siempre desierta y únicamente animada por el semáforo que pendía a desgana junto a la vía del tren. Conocía perfectamente los horarios, las pausas obligadas, las caras de sueño o de cansancio, las llamadas furtivas desde el móvil, las peleas, las reconciliaciones… El mismo guión repetido por distintos actores cada vez que el semáforo avisaba del paso del tren y obligaba a que los coches se detuvieran a penas a cien metros de su ventana.
No sabía por qué se había fijado en ella, a primera vista no tenía nada que la hiciera parecer más visible que el resto. Cuarenta y tantos, ni gorda ni delgada, el pelo teñido que durante esos años había recorrido todas las escalas de marrón existentes, ojos tristes, fumadora empedernida… No sabía mucho más sobre ella. Seguramente no viviría demasiado lejos de su pequeña cárcel, la veía pasar todas la mañanas, en ocasiones acabando de peinarse o maquillarse, y volver casi de noche.

Tampoco sabía cómo había llegado a sentir esa inquietud que le invadía cada vez que la miraba, pero pasaba horas fantaseando con sentarse junto a ella en el asiento vacío de su coche mientras dejaba que condujese y le llevara donde quisiera, sin necesidad de intercambiar ni una sola palabra. Nada más. No estaba enamorado, no la deseaba, pero la sola idea de no verla nunca más le producía un desgarro insoportable. Sólo quería saber cómo vería ella el mundo con sus ojos, cómo sabría la tristeza que la habitaba, qué pensaría si durante unos breves instantes sus miradas se cruzasen.

(...Now you get to watch her leave / Out the window / Guess that's why they call it window pane - Eminem)



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